Qué quiere ser Alfa.

Como reza el clásico lema ilustrado sapere aude que, con inexcusable responsabilidad intelectual, queremos actualizar en nuestra circunstancia y que por eso asumimos emblemáticamente en el logotipo de nuestra Asociación, nuestra revista quiere ser expresión y pábulo de una noble osadía: la de ejercitar la reflexión y la crítica sobre nuestros intereses comunes y universales, los esenciales de nuestra existencia humana, en un uso público, colectivo y dialógico de la razón tan legítimo como necesario. Creemos que el objetivo que nos proponemos nace de una genuina inquietud latente y latiente, de una auténtica necesidad y urgencia de vitalidad intelectual en el colectivo que formamos. Por eso queremos que estas páginas no se limiten, como mero boletín, a transmitir noticia de actividades. Queremos que, como auténtica revista, más bien animen, recogiendo y sembrando, los pensamientos que nos apremian, nuestros ensayos de reflexión. Esta es la razón de que en este primer número no sólo acojamos ya tres Artículos de investigación sino, sobre todo, de que abramos una sección tan medular -así lo esperamos- como la de Reflexión, aunque no lo sean menos, pese a su exigüidad inicial, las de Didáctica y Crítica de libros.

Ya hay muchas revistas de filosofía. Pero pretendemos que la nuestra no sea una más de tantas constituidas a menudo en vehículo de meras averiguaciones historiográficas que cumplen el expediente requerido para la promoción profesional. No es para eso para lo que hace falta. Sí hace falta, en cambio, estamos convencidos, una revista en la que el rictus, más que el rigor, de las formalidades que rinden tributo a la Academia no agrave las dificultades intrínsecas a la gravedad misma del pensar. Un pensar que sin adecuado cauce expresivo encuentra cercenada su propia realización. Por eso, si la Asociación Andaluza de Filosofía es una invitación a la osadía de pensar en común, esta su revista, ALFA, quiere ser el medio en el que atreverse a la expresión pública del pensamiento, zafándose de nuevas tutelas, autoridades y tradiciones como pudieran ser las academicistas. En modo alguno se trata de escamotear el imperativo ilustrado de rigor ni de renunciar a la crítica exigencia de una filosofía "académica", y no sólo "mundana", como es la que podemos y debemos ofrecer en tanto que profesionales que somos, mayoritariamente, de la filosofía. Sólo que confiamos en nosotros mismos. Confiamos en que cada uno de nosotros, de manera autónoma, que no individualista, sabrá y querrá aplicarse aquel ineludible imperativo, bien que no otros más reconociblemente espurios. No nos interesa ni queremos promover ninguna suerte de pensamiento débil. Pero sí lo queremos ligero, aligerado de contraproducentes gravámenes y encostramientos formalistas que lo abortan, alegre y existencialmente significativo.

En un tiempo ayuno de palabras esenciales y ahíto de sobreabundancia informativa, hace falta repristinar la justa jerarquía de valor entre el fondo y la forma o, si es cierto que ambos factores se codeterminan, darle prioridad o realidad a un fondo auténtico: la falta de sofisticación académica -tantas veces sofistería, formalidad abstracta, desfondada, inane- puede quedar compensada con creces por el interés objetivo de una reflexión de motivación auténticamente filosófica. Seamos activamente coherentes con la sospecha de que el rigor académico, aunque no la descarte, no siempre implica profundidad de pensamiento, si entendemos por "pensamiento" no cualquier resultado o precipitado histórico de la reflexión sino, en el sentido verbal y activo de la palabra, como reflexión misma o proceso que tiene lugar por el uso personal de razón o la práctica de la pregunta. Quizá, en efecto, más que atreverse a decir o enseñar, se requiera atreverse a iniciar o explorar la senda abierta por una pregunta, tras el valiente y humilde reconocimiento de nuestra penuria de sentido: por muchas sombras o dudas que resten en cualquier trecho, el solo preguntarse y sólo el preguntarse nos harán avanzar en el camino. Se hace camino al andar.

Para eso hace falta librarse de muchos complejos, de injustificables prejuicios, muchas veces sospechosos de un enervante temor a afrontar las cosas mismas; muchas veces cómplices de la tentación de diferir la agonía o la polémica (la lucha) con la acuciante circunstancia que desafía el poder de nuestra comprensión. No debemos consentir que el pensamiento de los clásicos o las autoridades se convierta en una muleta para no pensar por nosotros mismos sobre lo que a nosotros mismos nos importa; una muleta para "imbéciles" (los que no pueden andar sin báculo) por pereza o cobardía (¿hace falta recordar una vez más a Kant? En todo caso nunca está de más, para desperezarnos y alentar la autonomía). A veces el rictus del formalismo no es sino un medio de acallar la voz del pensamiento, nuestras propias voces, que nos interesan más que tantos ecos que lo ensordecen, aunque suenen en un prestigioso idioma extranjero. Hay que tomar conciencia de que el verdadero lenguaje de la filosofía rigurosa y grave no es ni el latín, ni el alemán ni ninguna otra lengua o norma particular, sino el lenguaje universal del pensamiento, esa fuente latente de orientación vital que todos compartimos y de la que todos hemos de ser responsables por lo que en ello nos va; la fuente común de todos los pensadores y filosofías. O, como nos recordara Kant al comienzo del libro segundo de su Analítica trascendental, esa capacidad de Juicio que, a diferencia del mero entendimiento, no puede enseñarse sino sólo ejercitarse y cuyo defecto se trasluce tantas veces en obras y profesionales que, por lo demás, pueden muy bien llegar "a base de estudio, hasta la misma erudición".

Atreverse a saber, sapere aude, nos enseñó Kant, es atreverse a usar el propio juicio. Pero no menos provechosa y liberadora es la advertencia de Hegel, que nos mostró como condición de posibilidad del pensar la osadía de equivocarse, porque quizá "el temor a errar sea ya el error mismo". Así, pues, aquí tenemos nuestra revista, una revista que nos invita y nos compromete a no desertar de la arena intelectual de la reflexión y la polémica recreadoras. Sus secciones todas, y aquellas que entre todos pongamos en marcha, quieren recibir contribuciones en el espíritu que acabamos de invocar y expresar: diálogos críticos con los pensadores -sin olvidar la tradición hispánica, a la que se dará especial acogida-, más bien que meramente sobre ellos, en la sección de Artículos de investigación, como también en la de Crítica de libros, que no tiene que referirse a las últimas novedades, sino a la novedad personal del libro últimamente leído o releído; Reflexión, comentario u opinión fundamentadas sobre cuestiones de permanente o perentoria actualidad; reflexiones o, también e incluso mejor, propuestas sobre bloques o unidades temáticas concretas, fruto de nuestra personal elaboración docente, en la sección Didáctica. Confiamos en vosotros. Confiemos en nosotros.

J.R.S.


Asociación Andaluza de Filosofía.