La enseñanza de los Derechos Humanos

 José J. Jiménez Sánchez

Mi intervención trata de abordar algunos de los problemas con los que nos enfrentamos al tratar los Derechos Humanos como materia adecuada para la formación de la ciudadanía de una sociedad democrática con algunas posibilidades de terminar siendo una sociedad mejor ordenada.

1.Definición de los Derechos Humanos.

Parece claro que uno de esos problemas fundamentales es el de la definición de los Derechos Humanos, puesto que si lo que nos proponemos es que la ciudadanía esté formada en una determinada materia, lo primero que tenemos que hacer es concretarla. Esta tarea no se alejaría en exceso de lo que en la jerga utilitarista se conoce como la definición de los derechos y la definición de los delitos y las penas, esto es, la dogmática civil y penal. La única diferencia es que ahora la intención definidora se aplicaría a un tema como el de los Derechos Humanos. Así pues, se trataría de saber qué son los Derechos Humanos, cuáles son, cómo se aplican, cómo se les protege, etc.

De esta manera se lograría evitar las dificultades que derivarían de una indeterminación absoluta sobre el tema, del mismo modo que había sucedido con anterioridad en relación a la definición de nuestros derechos y obligaciones, por medio de la que se trataba de proteger al individuo frente a la arbitrariedad del poder. En Beccaria es evidente: se trata de definir de manera clara y distinta el delito y la pena que lo acompaña, pues en la medida en la que ambos estén determinados, la seguridad del ciudadano aumentará en proporción inversa a como disminuirá la discrecionalidad del poder.

Así pues habría que definir esos Derechos Humanos, lo que puede alcanzarse por medio de una serie de Declaraciones -de las que tenemos algunas muestras, una de las cuales es hoy objeto de nuestra conmemoración -, y otras disposiciones, en las que se recogerían de manera sistemática una serie de derechos y los procedimientos necesarios para su defensa, al mismo tiempo que se elabora una dogmática propia siguiendo el modelo de las anteriores con el fin de asegurarnos su correcta explicación. De esta manera parece que se aseguraría la posibilidad de construir una materia que pudiera enseñarse a la ciudadanía en función de los diferentes grados de formación que en la misma se dieran.

2.Indeterminación, indefinición de los Derechos Humanos.

Sin embargo y aún reconociendo las enormes ventajas que pudieran derivarse de una elaboración dogmática de ese tipo, hay algo que nos debería hacer reflexionar sobre lo que en principio podría considerarse como una insuficiencia de tal proyecto, con lo que si eso fuera así, terminaría por influir también en la manera en que debería abordarse la cuestión de la enseñanza de los Derechos Humanos, que quizá no podría llevarse a cabo por medio de un saber articulado al modo en que se ha hecho en otros campos del saber jurídico, como es el caso del derecho civil, el derecho penal e incluso en nuestros días y en nuestra comunidad autónoma, el derecho constitucional.

Con el fin de concretar aquello a lo que me estoy refiriendo, voy a leerles un texto muy breve, aunque podría haber escogido otros sin excesiva dificultad, entre los que se recogen en la Declaración Universal de los Derechos Humanos:

En su artículo primero se dice:"Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos". La verdad es que no creo que hubiera mucha gente que se opusiera a lo que en este artículo se dice, o si quieren y a fin de no pecar de ingenuo, no trato de reflexionar en estas páginas sobre los problemas que podrían plantearse en relación con la gente que no estuviera dispuesta a reconocer lo que se dice en este artículo, que todos nacemos libres e iguales. Mi preocupación se dirige, al menos hoy, a algo que he dejado traslucir en lo que acabo de leerles. En principio podríamos pensar que todos estamos de acuerdo en lo que se dice en ese artículo, pero si ustedes reparan con atención en lo que antes les dije, se darán cuenta de que cuando afirmé que "todos nacemos libres e iguales", ya había dejado de decir lo que el mismo artículo afirmaba, pues en él se decía "todos los seres humanos", y no que nacieran libres e iguales, sino "libres e iguales en dignidad y derechos". Con esto quiero mostrarles que incluso en un mismo discurso se producen, y además de forma necesaria, ciertas transformaciones que hacen posible la comprensión del texto original, aunque al hacerla posible, lo alteran. Si esto es lo que sucede dentro de un discurso, mucho más sucederá cuando contemplamos discursos diferentes. Dicho de manera clara. Aunque el simple hecho de acudir a un acto de este tipo, pudiera hacernos pensar que todos estamos a favor de los Derechos Humanos, esto no puede llevarnos a creer que por respaldar los Derechos Humanos estamos de acuerdo en lo que apoyamos. Antes bien, muchas veces defendiendo los Derechos Humanos, sostenemos cosas muy distintas, y esto es lo que constituirá el eje central de estas páginas, pues si eso es así, no quedará más remedio que reconocer que la enseñanza de los Derechos Humanos ha de realizarse con un cuidado extremo.

Todo lo anterior muestra que los intentos ilustrados por ordenar la convivencia social adolecen de lo que hoy se denominaría una "debilidad estructural". Cuando Montesquieu define la libertad política, el orden social, como la libertad del hombre que hace lo que debe hacer, es decir, que se comporta de acuerdo con lo exigido por el derecho, actúa como un ilustrado, pero no nos resuelve el problema, pues lo que hace es esconder una dificultad y no atajarla. Hace lo mismo que esa gente que cuando barre, no recoge lo barrido, sino que lo esconde bajo la alfombra o la cama, pues al definir la libertad política por el derecho, no evita que nos preguntemos no sólo qué es lo que nos dice el derecho, sino también por qué nos dice lo que algunos afirman que dice y no lo que otros sugieren que debería decir.

 

3.)Vale todo?

Si trasladáramos este problema que acabo de plantear muy esquemáticamente al terreno de los Derechos Humanos, la cuestión se complicaría, porque no sólo tendríamos la dificultad de ponernos de acuerdo sobre qué Derechos Humanos deberían ser los que habríamos de asumir -las polémicas actuales sobre el reconocimiento de la diversidad cultural y el valor que desde un punto de vista respetuoso con la identidad del tercero tienen algunas prácticas como la de la ablación, pondrían de manifiesto lo que quiero decir-, sino que incluso poniéndonos de acuerdo sobre una serie de Derechos Humanos, como es el caso de la Declaración Universal, no lo estaríamos, como acabo de señalar, en su significado.

Esta situación nos coloca en el núcleo del problema: la diversidad de opiniones sobre estos temas, cuestión que si bien en principio nos puede resultar muy gratificante, no deja de suscitar cierto resquemor, en la medida en que si bien nos permite ciertas posibilidades de juego, propias de la pluralidad de interpretaciones, también nos aloja en el caos, ya que no sabemos qué Derechos Humanos habría que reconocer o si lo supiéramos, no sabríamos en qué sentido habría que entenderlos. Por esta razón es por lo que un acto de este tipo, centrado en la memoria de una Declaración sobre Derechos Humanos puede terminar de manera desazonante, en la medida en que llegaramos a la conclusión de que dado que es imposible que nos pongamos de acuerdo, no queda más remedio que abrir la puerta al escepticismo y consecuentemente, al relativismo, es decir, al todo vale: como opino de una manera irreconciliable con la tuya y como no hay manera de saber cuál es la posición correcta, sólo caben dos alternativas, o bien el enfrentamiento por medio de la disputa de los amigos contra los enemigos de que hablaba Schmitt, o bien la tolerancia mal entendida, esto es, el inmovilismo, como no hay manera de ponernos de acuerdo y no queremos terminar en el enfrentamiento schmittiano, lo mejor es que cada cual campe por sus respetos o dicho con otros términos: dejemos que todo cambie para que siga igual.

No quisiera centrarme en los problemas que estas situaciones plantean ni tampoco en las posibilidades que habría de combatirlas, al menos desde una perspectiva teórica, sino que desearía detenerme en un único problema. Este consistiría en tratar de salir de esa situación de escepticismo, de inmovilismo, consagradora de lo peor de esta sociedad.

En mi opinión me parece que esto sería posible si nos adentráramos en el problema del poder, esto es, en los problemas que derivan del ejercicio del poder de uno sobre otro y, por lo tanto, de la imposición de mi voluntad sobre la tuya. Si adoptáramos esta propuesta, podríamos hacerlo desde dos perspectivas. La primera se refiere al ejercicio del poder por parte de las élites en una sociedad determinada y a los mecanismos de legitimación a los que podrían acudir a fin de lograr el asentimiento de quienes han de obedecer sus actos. Sin embargo, no es ésta la perspectiva que adoptaré ahora, ya que mi intención es la de seguir la otra, la que se refiere a la propia ciudadanía, esto es, a ustedes, a todos nosotros. La razón para hacerlo es que a pesar de lo que a veces pensamos, la ciudadanía ejerce cierto poder en nuestras sociedades, en las sociedades democráticas. No es que su poder sea inmenso, pero es poder y no creo que pudiéramos considerarlo, como luego veremos, despreciable. De ahí que respecto del tema de los Derechos Humanos, la ciudadanía no debe hacer dejación de sus responsabilidades, por el contrario debe adoptar frente a los mismos lo que Dworkin ha llamado una "actitud protestante que hace que cada ciudadano sea responsable de imaginarse cuáles son los compromisos públicos de su sociedad en relación con los principios, y qué es lo que tales compromisos requieren en circunstancias nuevas"(1986, 413)

No son palabras sencillas, pero nos sitúan en una posición radicalmente diferente de aquella con la que inicié esta intervención. No se trata ya de una educación pasiva acerca de los Derechos Humanos, no se trata ya de una educación que sigue los pasos establecidos por una dogmática de los Derechos Humanos, sino de una educación activa, una educación en la que el ciudadano es responsable a la hora de reconstruir cuáles sean los compromisos de principio de su sociedad: cada ciudadano ha de preocuparse de conocer en qué medida su sociedad se encuentra comprometida con los Derechos Humanos y en qué sentido está construido ese compromiso, por lo que no se trata sólo y exclusivamente de que el ciudadano participe en la elaboración de los textos, sino fundamentalmente de que lo haga en su interpretación, de manera que no se limite a recibir lo que se le dice, sino que lo reconstruya de manera responsable. Por tanto, es una posición que se aleja de la simple consistencia, de la estrechez de miras propia de toda dogmática, y se acerca a otra distinta, procupada de los principios en los que se asientan las sociedades democráticas, encaminadas teóricamente a la construcción de una sociedad mejor.

Sin embargo, esta defensa dworkiniana de la actitud protestante no evita los problemas, incluso cabría decir que los empeora. Veámos lo que quiero decir. Creo que esta actitud evita los problemas de la dogmática o mejor dicho, evita sus errores y nos sitúa de una manera ajustada en los problemas con los que no nos queda más remedio que enfrentarnos, puesto que la actitud protestante frente a los Derechos Humanos no impide, más bien lo contrario, que tengamos opiniones diferentes sobre los mismos, en la medida en que suscita una mayor participación. Esto es lo que nos lleva a plantear el siguiente dilema: )cómo compaginar una educación protestante de los Derechos Humanos con la gran diversidad de interpretaciones que genera, con lo que nos acercaríamos irremediablemente a una postura politeista próxima o idéntica a las posiciones escépticas que podrían conducir a la quiebra de los mismos Derechos Humanos? o bien, )cómo es posible defender una actitud como la protestante en relación con los Derechos Humanos que nos podría llevar a la irracionalidad, en la que ya no cabe sino acudir a la fuerza para dirimir nuestras diferencias?

A primera vista no parece que haya muchas posibilidades de evitarlo, aunque si retomáramos el problema del poder que antes anuncié, nos permitiría justificar, en primer lugar, la necesidad de acudir irremediablemente a esa actitud protestante y, en segundo lugar, nos abriría la vía para la salida de los problemas que conlleva esa actitud.

En nuestro sistema político, en las democracias, parece claro que las disensiones, enfrentamientos y diversidad de convicciones han de terminar resolviéndose en las urnas. Ahora bien, la resolución de nuestras diferencias por el voto y consecuentemente, por el principio de las mayorías, es un sistema espléndido pero que no debe dejarse a su aire. )Por qué? Pues porque el voto no es simplemente el ejercicio de mi poder sobre una determinada cuestión, sino el ejercicio de mi poder sobre otro en relación con una cuestión, o dicho con otras palabras, el sufrimiento que supone soportar el ejercicio del poder de otro sobre mi con respecto a esa cuestión. Quien vote con la mayoría impone su decisión sobre los otros, por lo que ese ejercicio de poder, si es que quiere asegurarse su pervivencia pacífica, tiene que justificarse, lo que no se logrará acudiendo sólo y exclusivamente al principio de las mayorías, ya que esa justificación exige algo más, exige que la decisión que el voto representa se haya alcanzado siguiendo unas determinadas pautas.

De ahí que si bien la enseñanza de los Derechos Humanos debe estar presidida por una actitud protestante, esta actitud es insuficiente. Habría que entender que el protestantismo ideado por Dworkin sería el inicio, pero nada más, pues la misma nos podría llevar a una pluralidad de convicciones, algunas de las cuales tratarían de imponerse sobre las demás por medio del mero principio de las mayorías, con lo que además tampoco se alejarían finalmente las situaciones de enfrentamiento desnudo. Por eso me parece que tiene toda la razón Rawls cuando plantea que deberíamos contemplar nuestra práctica del voto como el ejercicio del poder sobre los otros, lo que exige su legitimación que sólo se logrará, en su opinión, si se defienden convicciones que presumiblemente pudieran aceptarse por todos los ciudadanos.

 

Esto conduciría a tratar de encontrar algún mecanismo que nos asegurara la racionalidad de nuestras creencias, aunque desafortunadamente ni siquiera así lograríamos siempre que los demás llegaran a aceptar nuestras convicciones ni nosotros las suyas. No obstante, sí que se establecería cierta disciplina en nuestra discusión, con lo que evitaríamos confundirla con lo que Schmitt llamó "propaganda y manipulación de masas" (1991, 100), pues si esa educación protestante abierta a la defensa de las diferentes convicciones terminara por asimilarse con la mera manipulación de masas, nuestra situación no sería envidiable.

En resumen, mi propuesta consiste en defender un determinado tipo de enseñanza sobre los Derechos Humanos que se aleja de concepciones trasnochadas por insuficientes, como las que representa el positivismo, y nos acerca a otras en las que el ciudadano adquiere una posición más activa, sin que esa defensa se apoye en razones de mera bondad o espíritu democrático, sino más bien en las exigencias de legitimación que tiene el poder que unos ejercen sobre otros. Indudablemente, esto no impide que podamos acabar en una situación en la que unos manipulen a otros, esa posibilidad está siempre presente, a veces excesivamente presente, ni tampoco evita que nos acerquemos a situaciones en las que por la proliferación de convicciones muy diversas parece que estuviéramos más cerca de la indeterminación y el escepticismo, esto es, del todo vale, que de una situación en la que pudiéramos hacer valer la razón, aunque sólo fuera en los claros de la incertidumbre.

Esos riesgos difícilmente podremos alejarlos, quizá sólo ser conscientes de los primeros y precavernos de los segundos, los propios del politeísmo al "interiorizar y tolerar -como dice Rorty- la oposición" (1998, 117).

Gracias.

Granada, 3 de diciembre de 1998.


Bibliografía:
C. Beccaria, De los Delitos y de las Penas, trad. de J. Jordá Catalá, 1983 (1764).
R. Dworkin, Law`s Empire, 1986.
Id., "Objectivity and Truth: You`d Better Believe It", Philosophy and Public Affairs 25, no. 2 (Spring 1996).
Montesquieu, Del Espíritu de las Leyes, trad. de M. Blázquez y P. De Vega, 1985 (1735).
J. Rawls, El Liberalismo político, trad. de A. Domènech, 1996 (1993).
R. Rorty, Achieving Our Country, 1998.
C. Schmitt, El Concepto de lo Político, trad. de R. Agapito, 1991 (1932).


Asociación Andaluza de Filosofía.