LA FUNCIÓN DE LA FILOSOFÍA EN EL NUEVO BACHILLERATO Y LA FUNCIÓN DEL PROFESOR

Manuel Rodríguez Cerro

Voy a centrarme en algunos puntos sobre lo que entiendo cuál debería ser la función de la Filosofía en el bachillerato nuevo.

Parto del supuesto de que no todo se puede inventar en lo que respecta a nuestra asignatura, sino más bien poco, y que hay que tener en cuenta lo que históricamente ha sido, es decir, su origen y su función. Concretaré algunos puntos que nos han de guiar para sacar algunas consecuencias de ellos.

--La filosofía es un saber de segundo grado o, si se quiere, de segundo orden: históricamente ha sido así, como hace notar Gustavo Bueno. Pues la filosofía supone la constitución previa de categorías míticas, religiosas, técnicas, científicas, etc. No nace con el hombre, no es connatural, sino un producto histórico-cultural que se sobrepone sobre la base de múltiples saberes ya constituidos.

De ahí le viene su carácter reflexivo, que tópicamente se viene nombrando en todos los curricula. Pero ¿de qué se va a reflexionar si previamente no hay materia sobre la cual ejercer dicha reflexión? Primero está la vida con sus problemas, sus contradicciones y sus sufrimientos, la que nos obliga a reflexionar para después encontrar una salida a tantas dificultades.

Y este punto es importante recordarlo debido a que en muchas ocasiones una pretendida filosofía académica se dedica a discutir problemas separados de todo contexto vital, desgajados de su origen y empleando un lenguaje críptico. Las consecuencias están a la vista: aburren al más paciente de los mortales. Una filosofía así más valdría que desapareciera.

--La filosofía es un saber crítico; también históricamente ha sido así, pues surge como crítica al mito. Criticar suponer analizar, valorar. Pero no hay crítica sin criterios: siempre se evalúa desde una determinada posición, desde unos determinados valores, no se critica desde la nada o desde el saber absoluto. El profesor debe ser consciente de ello; tiene que hacer explícitos los supuestos desde los que critica.

Esto tiene una consecuencia bastante clara: el docente que imparte la clase de Filosofía tiene una filosofía, aunque no esté sistematizada; tiene una cosmovisión que, quiera o no, se refleja en el aula y que influye en los alumnos. Como esto es inevitable, no se puede considerar arbitrario. Lo importante es que cada profesor sea consciente de ello y sepa, en la medida de lo posible, el influjo que ejerce en el proceso de enseñanza-aprendizaje del alumno.

Esto tiene también consecuencias, dada la flexibilidad y apertura del nuevo bachillerato a la hora de elegir un itinerario curricular. El docente elige el itinerario que, según su criterio, es el más conveniente, el que más le gusta, el que mejor puede enseñar, etc. Pensamos que esto sólo puede tener efectos beneficiosos por varias razones:

a) decía Ortega que para lo que nos gusta tenemos genio: siempre se impartira mejor la materia con la cual nos identificamos porque la hayamos reflexionado más o nos la hayamos apropiado, pues entonces el profesor aparacerá más suelto, con más confianza, más auténtico, más dominador de su asignatura, menos artificial, y todo eso se transmite a los alumnos;

b) lo más importante, a nuestro juicio, no está en lo que el profesor sepa, que generalmente es más que suficiente para unos alumnos que cursan por primera vez la materia filosófica, sino en la actitud del profesor, en la coherencia entre lo que dice y lo que hace, y en la forma de tratar al alumno:

"La actitud del profesor parece contar más que su domino de la asignatura. Así, todas las encuestas hechas entre adolescentes indican que estos valoran ante todo las actitudes afectivas y los rasgos humanos de sus profesores y que es eso lo que verdaderamente los estimula en su desarrollo personal e intelectual. En cualquier caso, la personalidad del profesor y el modo como es percibido por el alumno determinarán la reacción de este último ante todo lo que recibe de aquel."

--Otra cuestión a considerar es el problema de la unidad de la Filosofía, que es diferente al problema del objeto, aunque estén relacionados. ¿Cómo interpretar la unidad? La unidad no está dada de antemano, sean cuales sean los temas de que trate la Filosofía. Creo sinceramente que éste es un tema bonito para la reflexión. La unidad como: "lo uno que hace falta" sólo se la puede dar el profesor. Voy a intentar intentar explicarme. Los núcleos temáticos del nuevo Bachillerato, aunque puedan considerarse como una reformulación de las famosas y canónicas preguntas kantianas ("¿qué puedo saber?", el conocimiento; "¿qué debo hacer?", la acción moral; "¿que me cabe esperar si hago lo que debo?", la metafísica; "¿qué es el hombre?", la antropología) son los temas de que históricamente se ha ocupado la Filosofía y que perviven en nuestra asignatura. Pues bien, a pesar de que esto tenga una cierta continuidad histórica, tampoco nos garantiza la unidad de la asignatura. Es el profesor el que ha de conseguir esa unidad, que se podría formular de esta otra manera: ¿cómo conseguir la conexión de esos cuatro núcleos temáticos? ¿cuál es el hilo conductor que da coherencia a la asignatura? Esta es la la labor de cada profesor. Creo sinceramente que el dar cohesión y conexión a esos núcleos constituye el desafío propio del profesor, que además le permite desarrollar su vocación de pensador. Pensar no es sino relacionar.

Pero además, el problema de la unidad se plantea también bajo otra variable perspectiva: ¿cómo buscar la conexión en función de conectar también con los intereses del alumno? ¿cómo llevar ese hilo conductor en consonancia con la problemática actual del alumno? Esto es todo un reto.

--El problema del posible adoctrinamiento, que se podría formular de esta manera: ¿debe manifestar el profesor su opinión respecto a temas controvertidos? Esto se refiere sobre todo al ámbito de la opción moral. ¿Debe abstenerse de opinar y renunciar a ser una "voz" más entre las muchas que influyen en el alumno? En este sentido pienso que no sólo puede sino que debe ser beligerante, sobre todo cuando la discusión encierra valores que podrían ser -y pienso que lo son- universalmente deseables. Es decir, en aquellos casos en que entran en juego valores tales como el respeto, la igualdad, la justicia, el diálogo, la solidaridad, la apertura a los demás, etc. En estos casos el profesor debe manifestarse a favor de dichos valores sin excluir la posibilidad de que puedan discutirse, quedando siempre claro el posicionamiento del profesor a favor de tales valores. Hay temas que no pueden abandonarse exclusivamente a los gustos o criterios personales de algunos alumnos.

El profesor ha de ser un facilitador del diálogo y, si esto es así, entonces estará a salvo de cualquier adoctrinamiento.

--Por último, podríamos preguntarnos si la Filosofía tiene un objeto propio específico. La respuesta es que sí. El científico es un especialista, se ocupa sólo de una región de la realidad y no puede ir más allá. Hay supuestos en las ciencias mismas que el científico no puede discutir desde la ciencia porque le desbordan y cuando, consciente o inconscientemente, lo hace, entonces está haciendo filosofía.

También hay cuestiones que la ciencia no puede tratar por salirse fuera del campo donde ella opera, como son el problema de la libertad, el sentido de la vida y multitud de problemas éticos. Porque no todo lo que técnicamente se puede hacer, se debe hacer. Estas son cuestiones que el hombre siempre se ha preguntado y se sigue preguntando y a las que no puede renunciar. 


NOTAS:

     César Tejedor Campomanes, Didáctica de la Filosofía


Asociación Andaluza de Filosofía.