Reflexiones y propuestas sobre ética y desarrollo técnico-científico como asignatura de filosofía práctica en el nuevo bachillerato

José María Muñoz Terrón*

Esta comunicación pretende resaltar el carácter de materia propia del ámbito de la Filosofía práctica (moral y política) que posee la asignatura denominada Ética y desarrollo técnico-científico, Optativa de 2º de Bachillerato, en las modalidades de Ciencias de la Naturaleza y Tecnología. Para ello se intenta articular un modelo de desarrollo de la asignatura, acorde con la formulación oficial de la misma en la Orden de la Junta de Andalucía de 31 de Julio de 1995 (BOJA, 25.8.1995). La propuesta, dirigida al profesorado interesado en ofertar esta materia en sus Centros, pivota sobre la necesidad de pensar, ya en el marco educativo del Bachillerato, una adecuada distinción, en las actividades humanas, de las dimensiones práctico-moral y técnica y su “mediación recíproca”. Desde ellas se puede profundizar, por una parte, en las bases de justificación ética de una actividad técnico-científica respetuosa con la dignidad de la vida humana y con la urgencia de una adecuada protección del medio ambiente natural; por otra, en la peculiaridad de la filosofía práctica (moral y política) como “saber de la praxis”, que se nos muestra en los ejercicios de reflexión y juicio que se dan en la Bioética y la Ética ambiental.

Se sugiere, por eso, reducir los contenidos que propone la Orden a sólo tres temas: uno general introductorio sobre “Ética y técnica”, otro de “Ética y naturaleza” o Ética ambiental, y un tercero, “Ética y vida humana”, de Bioética. Se deja a un lado un cuarto tema también interesante sobre los problemas relacionados con las tecnologías de la comunicación social y la tecnificación general de las profesiones. Se cuenta con que una mayoría de quienes cursan las citadas modalidades de Bachillerato suelen encaminarse a estudios y profesiones, bien del ámbito de las ciencias de la salud, bien relacionados con actividades de investigación científica y de aplicación técnica cuyos efectos inciden de un modo u otro sobre nuestro entorno natural, pero se entiende que quien imparta la asignatura intentará siempre adecuar el temario al alumnado concreto al que se dirija en cada caso. Considero importante evitar que la asignatura se convierta en una serie de temas atractivos e interesantes por sí mismos, pero inconexos entre sí. El horizonte constante de referencia habría de ser la necesidad de pensar una teoría general de las actividades humanas con fondo ético, que nos suministre criterios para la acción en los ámbitos científicos, técnicos y profesionales concretos, teniendo en cuenta las peculiaridades de cada ámbito. La propuesta tiene en cuenta más la elaboración de la asignatura por parte del profesorado que su desarrollo en el aula.; no obstante, iré haciendo también algunas sugerencias concretas de actividades o de material de trabajo en el aula.

Tema 1. ÉTICA Y TÉCNICA. Saber teórico, actividad técnica y praxis ético-política.

Actividad inicial: Discusión de alguno de los ejemplos de problemas éticos en la sanidad, la medicina, la protección del medio ambiente, etc., que se van a comentar en los temas siguientes. P. ej. el debate acerca de los Almacenamientos Geológicos Profundos (AGP) para residuos radioactivos de larga vida. Analizar el ejemplo tratando de anticipar la distinción entre aspectos “técnicos” y aspectos “prácticos” del problema.

1.1. La importancia actual de la distinción técnica / praxis.

Distinguir adecuadamente en las diversas actividades humanas, sobre todo en las que se da interacción entre unos y otros, una dimensión más estratégica o instrumental (técnica) con respecto a otra dimensión más comprensiva o dialógica (praxis) fue objeto de la reflexión filosófica desde Aristóteles, pero hoy resulta especialmente urgente. Una actividad de tipo técnico es la que está orientada fundamentalmente al logro eficaz de un determinado objetivo, a producir con éxito un cierto resultado o efecto concreto, para lo cual se procura encontrar los medios más adecuados, sea para ocasionar un determinado estado de cosas, sea para provocar un determinado comportamiento de los demás en vistas a un determinado fin u objetivo, externo a la actividad misma. Praxis, en cambio, es aquel tipo de actividad que estaría guiado por criterios intrínsecos de corrección, cuando en el ámbito de las acciones humanas, en tanto que interacción entre sujetos, se busca una actuación, un comportamiento, una conducta, correctos en el sentido de adecuados, pero no en función de un fin externo a la actividad misma, sino un actuar bien conforme a reglas y normas socialmente admitidas y/o justificadas, en tanto que esa actividad convoca el entendimiento, el acuerdo y el reconocimiento de los demás por los valores que en la acción misma se expresan o encarnan. Podríamos ver esta distinción como dos dimensiones de la actividad humana, pues incluso en una misma actividad, podemos hablar por separado de ambos aspectos, aunque en ella se den inseparablemente. P. ej., si de alguien decimos que “conduce muy bien”, la frase puede significar: 1) que esa persona conduce hábilmente, con pericia, etc.; 2) que conduce correctamente conforme a los códigos de la circulación vigentes y a otras normas elementales de convivencia cívica. Mientras lo primero se refiere al aspecto técnico, lo segundo aludiría el aspecto práctico, moral. Ambas cosas las podemos encontrar a menudo unidas en la misma persona, y quizá no se puedan dar del todo la una sin la otra; pero, también vemos claro en otros casos que son distintas. Otro ejemplo: desde el punto de vista técnico, un AGP puede ser una obra de ingeniería perfecta, pero otra cuestión es cómo se decide correctamente si hacerlos, evaluar costes y beneficios de ésa y otras opciones, si se opta por ellos dónde ubicarlos, etc. Es un terreno en el que no puede darse el privilegio de los expertos, sino que con una información relevante suficiente sobre el tema, toda persona afectada en principio ha de tener la posibilidad de participar en la discusión y decisión sobre el asunto y aportar percepciones, apreciaciones y juicios que nadie puede exponer en su lugar.

1. 2. Saberes teóricos, técnicos, prácticos. La ética como “saber de la praxis”.

En correspondencia con la anterior distinción se puede distinguir también con Aristóteles varios tipos de saberes, cuya diferenciación importa para ubicar el lugar y el papel de un saber como el de la ética, que no es ni “teórico” o “ideal”, ni meramente técnico, sino “práctico”. Si consideramos que cada uno de estos tipos de actividad (técnica y práctica), va acompañada de un saber propio, y los añadimos al saber de tipo teórico (que serían las ciencias en general, considerando que se ocupasen tan sólo de saber cómo son las cosas y dejando a un lado que hoy, en realidad, ciencia y técnica están entrelazadas de modo inseparable) se podría hacer una clasificación de los saberes parecida a ésta, inspirada en Aristóteles. (Modificado sobre A. Cortina / E. Martínez, Ética, Akal, Madrid, 1996)



Una clasificación de los saberes, inspirada en Aristóteles



Sobre “lo que son las cosas”



Sobre “lo que puede ser de otra manera”

[mediante la acción humana].



Saberes teóricos [ciencias como “mera descripción”]



Saberes técnicos [“productivos”]



Saberes prácticos [=de la praxis o «acción»]



Después del giro radical que experimentaron las ciencias con la Modernidad, para los saberes teóricos el mundo es reducido a un abstracto conglomerado de “hechos”, expresados en las fórmulas, algoritmos, clasificaciones, etc., de la física, la química, etc., que, además, por su muy estrecha unión con la técnica es mirado fundamentalmente como campo posible de control y de dominio de los procesos que se intenta objetivar mediante el propio conocimiento científico. Desde el punto de vista de la praxis, en cambio, el mundo tanto social como natural, es un campo de significaciones, valores, experiencias vividas, vinculadas a expresiones simbólicas y culturales de sentido. Pero este mundo real y efectivo de nuestra experiencia es olvidado y negado por las pretensiones de las ciencias de representar en sus fórmulas la imagen verdadera del mundo, pretendidamente neutral y objetiva. Para recuperar la primacía del ámbito de la praxis, de la interacción, de la comunicación y la búsqueda de reconocimiento intersubjetivo del sentido y valor de lo que decimos y hacemos, es necesario seguir reivindicando la primacía de este mundo vivido frente al “universo amundano” de los meros hechos de la tecno-ciencia . Los problemas de la praxis exigen una discusión racional abierta a todos los afectados “que no se refiere – según Habermas – ni a los medios técnicos ni a la aplicación de normas legadas por la tradición por separado. La reflexión exigida ha de ir más allá de la generación de saber técnico y de la clarificación hermenéutica de tradiciones; ha de referirse a la introducción de medios técnicos en situaciones históricas, cuyas condiciones objetivas (potenciales, instituciones, intereses) son interpretadas en cada caso en el marco de una autocomprensión determinada por la tradición.”

Hoy, la adquisición de saber teórico en las ciencias no proporciona a los profesionales más “formación” que la necesaria para adquirir “un dominio técnico sobre procesos objetivados”. La ciencia ya no “forma”, en el sentido de ofrecer los necesarios elementos de reflexión que proporcionen orientaciones para la acción, en el sentido de praxis o “práctica”; hoy las ciencias “instruyen” para el dominio técnico y el “poder de disposición” sobre el mundo natural o social. Sin embargo, lo cierto es que todas las tecnologías juntas no pueden “liberarnos” de la necesidad de una reflexión, que además no se puede producir en el ámbito estrictamente privado de la actitud ética personal del investigador, sino en la dimensión política. Esto nos exige discutir las cuestiones “prácticas”, de la praxis, y plantear la relación entre ciencia, técnica, ética y democracia. La ética, que para Aristóteles era una parte de un saber más amplio, el de la política, sería ese “saber práctico”, un “saber de la praxis”. Es un subtipo de esos saberes sobre “lo que puede ser de otra manera”, saberes prácticos, que orientan sobre la praxis, esas acciones humanas que no tienden a producir una obra externa, sino a conformar de una determinada manera las vidas humanas en su globalidad, a formar en ellas un carácter, a hacerlas buenas vidas. En una ética así entendida se enmarca esta Ética y desarrollo técnico-científico.

Tema 2. ÉTICA Y NATURALEZA. La necesidad urgente de una Ética ambiental.

Actividades: 1ª) Videofórum, p.ej., Werner Herzog, Donde sueñan las verdes hormigas, porque las diversas situaciones, personajes y discusiones de su trama se prestan a múltiples relaciones con diferentes aspectos del tema. 2ª) Reunir noticias de todos los medios para comentar en clase sobre algunos problemas ambientales concretos; incluso participar individualmente o como grupo en el algún debate o grupo de discusión en la red sobre alguno de esos temas; buscar en alguna base de datos información sobre el estado ambiental de la localidad, la comarca, la provincia en que se vive, relacionándolo con las cuestiones ambientales globales del planeta. 4ª) Comentario y discusión de fragmentos breves de H. Jonas, T. Regan o A. Naess.

2. 1. El nuevo carácter de la acción humana y la ampliación del horizonte de lo moral a la naturaleza. Límites de las éticas antropocéntricas y nuevas dimensiones de la responsabilidad.

La amenaza que se cierne desde mitad del último siglo sobre la existencia misma de vida reconocible en el planeta que habitamos es el culmen de toda una serie de factores de peligro que se han ido acumulando con la expansión de una civilización basada en el optimismo de un progreso tecnológico sin precedentes. Las actividades humanas que durante siglos o milenios nunca llegaron sino a “arañar” suavemente la superficie de una tierra que a menudo sólo con grandes esfuerzos le permitía al ser humano hacerse lugares acogedores para vivir, han cobrado ahora tal magnitud en sus efectos sobre el sistema general de las formas de vida, que el equilibrio, la estabilidad o la simple existencia de ellas parece estar hoy a expensas de la capacidad humana de regular sus acciones. Es desde las múltiples maneras en que esto puede experimentarse, en relación con la destrucción de ecosistemas, el agotamiento de fuentes de recursos, la degradación diversa y generalizada de nuestros entornos, etc., desde donde se pone de manifiesto que la reflexión moral tiene hoy ante sí un ámbito completamente nuevo de exigencia de juicio y responsabilidad: no sólo es pertinente la ética con respecto a las relaciones interhumanas, sino que se empiezan a descubrir también en relación con la naturaleza no humana deberes, valores, bienes, etc., que respetar y tener en cuenta. La cuestión crucial que aquí se plantea se refiere a lo que se califica peyorativamente como el “antropocentrismo” de las éticas habidas hasta ahora, pensadas sólo para un mundo en que los seres humanos no tenían que responder sino del trato a sus semejantes. Se cuestiona que desde tales planteamientos se pueda en verdad proteger adecuadamente la vida y el medio ambiente natural no humano y se apuesta por la necesidad de reconocer a la «naturaleza» en su totalidad “un derecho moral propio” (H. Jonas), como “fin en sí”, como un valor intrínseco (Regan, Naess).

2. 2. Claves para una Ética ambiental: antropocentrismo, biocentrismo, ecocentrismo.

Dando por sentado que la magnitud y gravedad de la crisis ecológica actual nos ha hecho sensibles a la necesaria ampliación del horizonte moral a la naturaleza no humana, el distintivo de cualquier ética que se pretenda “ambiental” será la consideración a seres naturales no personales, con lo que ello supone de ir más allá de las premisas de reciprocidad o de paridad agente/paciente moral con las que la ética había venido funcionando generalmente hasta ahora y plantearse nuevas formas de argumentación. Para incluir en el marco de nuestro respeto moral a determinadas entidades como seres vivos no humanos, ecosistemas, etc., habrá que suponer que les atribuimos algún tipo de valor, intrínseco o no, que requiere ser diferenciadamente justificado. Según los diversos modos en que este valor es argumentado y justificado se delinean tres principales tipos de planteamientos éticos en relación al medio ambiente: antropocentrismo, biocentrismo y ecocentrismo u holismo.

Un antropocentrismo “fuerte” sería ciertamente incompatible con todo intento de ética ambiental. Pero hay, sin embargo, toda una serie de argumentos claramente antropocéntricos, en su sentido más abierto y amplio (“débil”), que sí apoyan la relevancia moral de la preocupación por el medio ambiente. Desde el valor que el medio natural posee para la propia supervivencia del ser humano actual y futuro, como recurso económico, hasta el valor educativo que para nuestra sensibilidad moral poseería el ejercicio del respeto a la diversidad de formas de vida no humana, hay toda una serie de buenas razones para exigirnos un respeto moral al medio natural no humano, sin remitirnos más allá del valor único y fundamental de lo humano. Sin embargo, las posiciones más radicales de defensa ambiental subrayan que este tipo de argumentos son claramente insuficientes y propugnan una actitud de respeto general hacia la vida de todo ser vivo como un bien intrínsecamente valorable, de la que se derivan deberes de protección y promoción del bien de todos los organismos, poblaciones de especies y comunidades de seres vivos. Este biocentrismo cuestiona como un prejuicio injustificado la presunta superioridad de la especie humana y exige una atención más “igualitaria” a todas las formas de vida natural. Un punto más radicales aún son las posturas ecocéntricas u holísticas que subrayan la interdependencia de los ecosistemas, hasta referirse a un ecosistema global, la biosfera, cuyo respeto incluiría no sólo ya a los propios seres vivientes, sino también a todos los elementos no vivos del medio que forma parte imprescindible de esos ecosistemas. Estas argumentaciones intentan, en definitiva, formular en términos morales y éticos las evidencias que ha ido mostrando la profundización en el conocimiento de la vida natural propiciada por la nueva ciencia ecológica. Y aunque estas nuevas éticas surgidas desde la necesidad de pensar nuevos valores, nuevos bienes o nuevos deberes, adquieren a veces rasgos “espiritualistas” muy cuestionables de resacralización de la naturaleza, representan, sin embargo, una lección y un desafío para las éticas filosóficas, en la medida en que suponen verdaderos intentos de ejercicio del juicio y de la reflexión moral desde los problemas vivos concretos de la praxis. Pero, es precisamente por eso, por lo que sería imprudente consagrar como la ética ambiental más genuina a aquella que colocase como principio indiscutible un respeto “sagrado” a todas la formas de vida, definidas ya por un saber de nuevos expertos que no atendiese a una pluralidad de concepciones y valoraciones de la naturaleza, que sólo puede manifestarse en ámbitos de discusión moral pública. Se plantea así la necesidad de pensar en la intrínseca relación entre respeto y protección del medio ambiente y respeto y promoción de los derechos humanos y la democracia.

2. 3. La cuestión ecológica y la cuestión democrática. La ética ambiental como “saber de la praxis”, moral y política.

Para pensar esa imbricación tenemos que conectar con la distinción clave del tema 1 entre práctica, o praxis, y técnica y con la correlativa diferenciación entre saberes prácticos y saberes técnicos, conjugando, además, lo que nos enseña la reflexión sobre la praxis desde los distintos ámbitos de preocupación por el medio ambiente, tanto ecología como ecologistas, con la exigencia de que los asuntos de la praxis sean tema de una discusión abierta al contraste de pareceres de todos los posibles afectados. Nada puede sustituir a esta praxis de reflexión moral y de diálogo ético y político, ni el conocimiento científico más profundo y extenso, ni los dictámenes más expertos de los técnicos, ni las teorías éticas o filosóficas más perspicaces. Es así como la Ética ambiental nos abrirá también a una refundación de los planteamientos de filosofía práctica (moral y política), desde sus intentos de formulación de nuevos principios ante conflictos y problemas nuevos para los que numerosos esfuerzos de estudio, reflexión y discusión sobre las acuciantes cuestiones ecológicas han sabido ir haciéndonos moralmente sensibles.

Tema 3. ÉTICA Y VIDA HUMANA. La Bioética, una lección de Filosofía práctica.

Actividades: Debate de algunas de las Cartas desde el infierno de Ramón Sampedro (Planeta, Barcelona, 1996), preparar una dramatización de las distintas posiciones de los protagonistas principales del caso y estudiar luego el tema para ver cómo se aplicarían los “principios fundamentales de la bioética” y las distintas bioéticas filosóficas.

Orígenes de la Bioética: los comités de ética: de los casos a los “principios” (neocasuística).

La Bioética ha sido definida como “el estudio sistemático de la conducta humana en el área de la ciencias humanas y de la atención sanitaria, en cuanto se examina esta conducta a la luz de valores y principios morales.” Lo interesante, desde nuestro punto de vista de aprendices y docentes de filosofía moral es que, implícita en la definición de este campo está la cuestión de su relación con la ética como disciplina filosófica. Hay dos modos radicalmente diferentes de entenderla. Según uno, la bioética sería “una ética” o parte de una ética determinada, en el sentido ya consolidado de una determinada filosofía moral (p.ej. A. Cortina desde la ética discursiva, o Jonas desde el principio de responsabilidad); según el otro, más acorde con las definiciones e intenciones iniciales de la Bioética, ésta sería un campo “práctico” de reflexión moral, social, política, científica, etc., desde unas determinadas praxis médicas, sanitarias, asistenciales, etc., concretas. Igual que la ética ambiental nos desafiaba a hacer una ética como “saber de la praxis”, la Bioética también nos brinda una oportunidad semejante, algo que con el nivel apropiado se puede hacer ya desde las aulas de Bachillerato.

Los testimonios históricos nos muestran que la existencia de una preocupación moral en el ejercicio de la práctica médica es tan antigua como ella misma. De la bioética, en cambio, se puede decir que es un invento reciente. Con ella se da el paso a incluir en la reflexión y la discusión moral a todos los que participan o son afectados por las prácticas biomédicas y sanitarias. Dos factores lo habrían propiciado: la ilustración con su exigencia de contar con la libertad de criterio y decisión de los seres racionales y la complejificación de lo relacionado con los problemas de la vida y la salud humanas. La creación de los comités de ética, que estudian casos reales y concretos que piden una solución, se rige por una “filosofía” de la que la/s ética/s tiene/n que tomar nota. Es desde la propia praxis reflexionada desde donde se va buscando formular algunos principios que rigen las decisiones de casos concretos. Autonomía, beneficencia y justicia fueron, los tres “principios” a cuya formulación llegó en el conocido y citadísimo Informe Belmont, una comisión creada por el Congreso de EEUU en 1977 para estudiar cómo proteger los derechos y el bienestar de las personas que eran sometidas a ensayos clínicos y a experimentación biológica y médica en general. Podríamos considerar precipitadamente que estos principios se corresponden en definitiva con los que se puede encontrar en las teorías éticas. Lo cierto, sin embargo, es que más bien surgieron como resultado de la necesidad, que se hizo patente en las discusiones de aquel comité, de encontrar, no tanto unos principios últimos irrebatibles para todos, sino algunas máximas generales para orientar la acción, en que pudieran estar lo más posible de acuerdo gentes que sostenían planteamientos ideológicos y morales muy diversos e incluso opuestos. Sería como una “nueva casuística”, que funcionaría justo a la inversa de la tradicional, pues, en vez de juzgar casos desde principios universales ya establecidos, se propone encontrar algunos principios generales (“de nivel medio”) para la acción a partir de la reflexión y el juicio de casos particulares. Es éste es un modo de plantearse los problemas morales que no puede quedar relegado a momentos secundarios de nuestra tarea de pensar una filosofía práctica, moral y política, sino que ha de entrar desde el principio en el núcleo mismo de ella.

Así, pues, parece que hay más “ética”, como saber práctico o “de la praxis”, en estos nuevos campos de la Bioética o la Ética ambiental, que en muchas filosofías “prácticas” (morales y políticas), que, forzadas en exceso por la búsqueda de principios fuertes de justificación o fundamentación, olvidan el papel central del juicio reflexionante en todo saber de la praxis, de “lo que puede ser de otra manera”. En conclusión, estos desafíos a la filosofía práctica que tienen su lugar en una asignatura de Ética y desarrollo técnico-científico suponen una oportunidad privilegiada para ejercitar nuestra reflexión moral y política desde cuestiones muy concretas de la praxis, urgidas por las nuevas situaciones derivadas de las consecuencias de la aplicación masiva de tecnologías en todos los ámbitos de la vida humana.



*Profesor de Filosofía en la Universidad de Almería.



Asociación Andaluza de Filosofía.