El Don de la responsabilidad

(la racionalidad en Mario Puzo)


José Antonio de la Rubia Guijarro*

A mi Familia, naturalmente.


El objetivo de este breve trabajo es una reivindicación del concepto de responsabilidad, concepto que consideramos seriamente amenazado en las sociedades desarrolladas por las razones que veremos posteriormente. Al reivindicar la responsabilidad (y su inseparable concepto complementario de libertad) queremos partir de una obra literario-cinematográfica de gran difusión en la que no sólo se hace una gran apología de la responsabilidad sino que este concepto constituye el núcleo fundamental que la articula. Nos referimos a las novelas El Padrino y El último Don del genial escritor italo-norteamericano Mario Puzo.

El Padrino es uno de los libros más vendidos de las últimas décadas y quizá sea uno de los pocos casos, junto a El nombre de la rosa de Umberto Eco, en los que se une calidad literaria y éxito masivo. Al igual que la novela de Eco, también El Padrino dio lugar a una película, clásica en este caso y de todos conocida, de Francis Ford Coppola, y a dos secuelas, constituyendo una de las obras más grandes, a nuestro juicio, de la historia del cine1. A diferencia de la película, de cuya primera parte es versión, la novela no tiene tanta relevancia en la historia de literatura, algo, desde nuestro punto de vista, injusto. No vamos a discutir aquí sobre el eterno conflicto entre cine y literatura porque, a diferencia de aquella cabra que se comía un libro en el estercolero y filosofó “me gustaba más la película”, nosotros somos rendidos admiradores de las dos obras, aunque es menester reconocer que la novela es más perfecta, reflexiva, y deja menos cabos sueltos en la trama, como saben todos los “padrinófilos”.

¿Por qué es una reivindicación de la responsabilidad una novela en la que los mafiosos son tratados poco menos que como seres míticos? Para entender esto hemos de partir del tratamiento que se hace en la novela del concepto de racionalidad. Aunque suene un poco chocante al oído, los mafiosos son seres humanos y, por tanto, seres racionales. La sociedad mafiosa (y me gustaría dejar claro desde un principio de que me voy a referir a la mafia, tal y como aparece en la novela, y no a la mafia real aunque Puzo era un gran conocedor de ésta) es una organización de seres racionales que, contra lo que suele creerse, está fuertemente normativizada por códigos morales. La moral mafiosa es la sombra de la moral institucionalizada del Estado, de la cual es fruto; es su reverso oscuro. La supervivencia de la organización depende del acierto en la aplicación de la normatividad racional. Los mafiosos torturan y asesinan porque, naturalmente, los mafiosos son personas malas, pero no por malos son menos racionales porque, como no acaban de comprender los psiquiatras que identifican racionalidad y bondad (y acaban llamando “psicópata” a quien hace mucho mal y no a quien hace mucho bien), la racionalidad es el presupuesto transcendental de la moral y el organismo del universo que no es racional no es ni bueno ni malo. Los mafiosos son malos precisamente porque son racionales y nada les impide ser buenos. Es más, a diferencia de la moral institucionalizada (muchas de cuyas normas son sencillamente absurdas, como en el caso de la moral sexual) las normas morales mafiosas responden escrupulosamente a los requisitos de una racionalidad orientada a la supervivencia de la organización. Es el caso, por ejemplo, de la suprema norma moral mafiosa, la omertà o ley del silencio, cuya infracción supone la muerte pero cuya violación puede suponer el fin de la sociedad mafiosa.

El Padrino, el Don, Vito Corleone, no sólo es racional sino que en lo suyo es un genio absoluto (por eso ha llegado a ser un Don, claro). “Ya desde muy joven”, nos cuenta Mario Puzo, “Vito Corleone fue conocido como «hombre razonable». De su boca nunca salía una amenaza. Siempre empleaba la lógica, una lógica irresistible. Siempre se aseguraba de que el otro obtuviera su parte de beneficio. Con él, nadie perdía”2. Contra lo que suele pensarse, la lógica del mafioso no es necesariamente un eufemismo para denominar a la violencia. Aunque la frase preferida de Don Vito “le haré una oferta que no podrá rechazar” es en muchas ocasiones la expresión “políticamente correcta” para denominar un acto violento, la lógica mafiosa es la lógica mercantil, la racionalidad que pretende maximizar beneficios del hombre de negocios. El mafioso es, ante todo, un empresario para el cual la violencia es simplemente un recurso más, pero no el único. El mafioso será bueno o malo en función de la rentabilidad y don Vito sabe perfectamente que muchas veces la violencia no es rentable. “El comportamiento de los barones de las drogas”, dice el economista Milton Friedman en una entrevista, “no es diferente al de los barones del automóvil”. La violencia pasional, la violencia sin sentido, no es patrimonio de un buen mafioso. El verdadero mafioso no disfruta asesinando. Todos los mafiosos de las novelas de Puzo que se dejan llevar por las pasiones y los instintos asesinos lo pagan con su vida, y son asesinados por la pluma magistral de Puzo. Es el caso del hijo de don Vito, Sonny, a quien su carácter impetuosamente violento no sólo le impediría ser un buen don, a juicio de don Vito, sino que, como es sabido, es la causa de su muerte. En El último Don, Dante Clericucio, uno de los mafiosos más crueles y que encuentra placer en la tortura y el asesinato, también paga por ello con su vida. Don Domenico Clericuzio veía con muy malos ojos que “tuviera la boca ensangrentada” y asesinara sin racionalidad, por eso crea un plan magistral para provocar la muerte de su propio nieto3. El mafioso nunca asesina por nada personal, sino por cuestión de negocios, como reza otra de las expresiones que ha inmortalizado El Padrino. Son, por ejemplo, las últimas palabras del caporegime traidor Tessio, quien había planeado junto con la familia Tattaglia asesinar a Michael Corleone, antes de ser ejecutado por los hombres de éste. Cuando comprende que va a morir por haber traicionado a la familia, Tessio, rodeado por sus inminentes verdugos, se dirige al consigliori Tom Hagen y dice, en una escena de gran dramatismo: “Quiero que Mike sepa que fue por negocios. Nada personal. Siempre sentí por él una gran simpatía”4.

No es nada personal, sólo es cuestión de negocios. Don Vito no es un simple asesino, es un empresario y un estadista que comprende que la paz, por ejemplo, es más rentable que la guerra. En la escena de la reunión de familias mafiosas en El Padrino, Mario Puzo traza un retrato magistral de los mafiosos empresarios: “Algunos fumaban, otros bebían, pero todos eran hombres que sabían escuchar y que – esto era otro de sus denominadores comunes – se habían negado a aceptar las leyes de la sociedad; eran hombres que no se dejaban dominar por otros hombres. Nada ni nadie era capaz de doblegarles, a menos que se dejaran. Eran hombres que, para mantener su independencia, llegaban al asesinato si ello se hacía necesario. Sólo la muerte podía doblegar su voluntad. O la razón”5. Don Vito sabe que la palabra muchas veces es más eficaz que la pistola. Como buen emperador renacentista, su poder se basa en las armas y las letras. Así, en el discurso que dirige a los demás capos durante la reunión (un discurso que, desgraciadamente, aparece muy mutilado en la película) hace una espléndida síntesis de lo que podríamos denominar, por qué no, su filosofía:


“¿Qué clase de hombres seríamos, si careciéramos de la facultad de razonar? – comenzó diciendo. Seríamos como las bestias de la selva. Pero la razón preside todos nuestros actos. Podemos razonar el uno con el otro, podemos razonar con nosotros mismos. ¿De qué me serviría reanudar las hostilidades, reanudar la violencia? Mi hijo está muerto, y su muerte es una desgracia que debo soportar yo. ¿Por qué tendría que hacer que el mundo sufriera conmigo? Doy mi palabra de honor de que no buscaré venganza y de que olvidaré las ofensas pasadas. Saldré de aquí lleno de buena voluntad. Permítanme decirles que debemos velar siempre por nuestros intereses. Todos nosotros somos hombres que nada tenemos de tontos, que nos hemos negado a ser muñecos en manos de los poderosos. Y hemos tenido suerte en este país. La mayor parte de nuestros hijos han encontrado una vida mejor. Algunos de ustedes tienen hijos que son profesores, científicos, músicos. Sus nietos serán, tal vez, los nuevos pezzonovanti. Pero ninguno de nosotros quiere que sus hijos sigan nuestros pasos, porque sabemos bien hasta qué punto ésta es una vida muy dura. Todos creemos que ellos pueden ser como los demás, que nuestro valor servirá para proporcionarles su posición y su seguridad. Tengo nietos, y espero que sus hijos puedan llegar a ser gobernadores o, incluso, presidentes. Quién sabe, en América todo es posible. Pero debemos empezar a luchar para ponerlos a la altura de los tiempos. Ha pasado ya la hora de las pistolas y de los asesinatos. Debemos ser astutos como los demás hombres de negocios, y ello repercutirá en beneficio de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. No tenemos obligación alguna con respecto a los pezzonovanti que se consideran a sí mismos como rectores del país, que deciden lo que han de ser nuestras vidas, que declaran las guerras y nos dicen que luchemos por la nación. Porque, en realidad, lo que quieren es defender sus intereses personales. ¿Por qué debemos obedecer unas leyes dictadas por ellos, para su beneficio y en perjuicio nuestro? ¿Y con qué derecho se inmiscuyen en nuestras cosas cuando pretendemos proteger nuestros intereses? Nuestros intereses sonno cosa nostra. Nuestro mundo es cosa nostra, y por eso queremos regirlo nosotros. Por lo tanto, debemos mantenernos unidos, pues es el único modo de evitar interferencias, o de lo contrario nos dominarán, como dominan ya a millones de napolitanos y demás italianos de este país. Por esta razón olvido mi venganza por el hijo muerto. El bien común es lo primero. Juro que, mientras sea yo el jefe de mi Familia, ninguno de los míos levantará un solo dedo contra ninguno de los aquí presentes, salvo en caso de que la provocación sea difícil de soportar. Estoy dispuesto a sacrificar mis intereses comerciales en aras del bien común. Ésta es mi palabra, mi palabra de honor. Y todos los aquí reunidos saben que mi palabra ha sido siempre sagrada”6.


Naturalmente, los ahí presentes, algunos de los cuales no llegarán vivos al final de la novela, saben que las palabras no son sagradas. En un tipo de relación presidido por la metodología de la sospecha, en la que el principal error consiste en que el otro sepa lo que piensas (como muy bien le dice Don Vito a Sonny después de la reunión con Sollozo: “Santino, nunca dejes que los que no pertenecen a la familia sepan lo que realmente piensas”7) el discurso ha de ser, por así decir, lógicamente puro, tiene que valer por sí mismo. Los jefes mafiosos saben que don Vito miente y entre sus hipótesis siempre deben manejar la de que don Vito esté pensando matarlos a todos. Pero eliminada la paja de las implicaturas conversacionales tiene que quedar el grano de la racionalidad: los intereses. Una parte del discurso de don Vito tiene que ser lógicamente convincente.

En las novelas de Puzo, los mafiosos son seres racionales hasta la violencia y eso es consecuencia de su condición de hombres libres, como todos los hombres. Los mafiosos no buscan nunca excusas que les liberen de responder por sus actos, muchas veces con su propia vida. Podrían apelar a sus infancias pobres y miserables, a estar amenazados de muerte desde niños, como el niño Vito Corleone que huyó por esa causa a América. Pero no, los mafiosos de Puzo nunca escurren el bulto. Es en El último Don donde está más presente la idea de que una justificación no es una excusa, ni mucho menos una explicación. Hemos de ser responsables de nuestros actos porque todos ellos son producto de nuestra racionalidad de hombres libres. Las modernas ciencias de la conducta sobran puesto que se trata de buscar la racionalidad en los actos de los demás cotejándola con la nuestra propia, es decir, buscar el nivel lógico intersubjetivo y transcendental. Los mafiosos son plenamente antipsicologistas. Las causas de la conducta, del tipo que sean, no sirven. Los capos de Puzo detestan las ciencias sociales porque les va la vida en ello. “Don Domenico Clericuzio”, nos cuenta Mario Puzo, “era también venerado por el severo código moral que había impuesto a su familia. Todos los hombres, mujeres y niños eran plenamente responsables de sus actos, cualesquiera que fueran las tensiones, el remordimiento o la dureza de las circunstancias. Los actos definían al hombre; las palabras eran un pedo al viento. Desdeñaba todas las ciencias sociales y toda la psicología. Era un ferviente católico y creía en la expiación de los pecados en este mundo y en el perdón en el otro. Todas las deudas se tenían que pagar, y él era muy severo en los juicios que emitía en este mundo”8. Y en otro pasaje, le dice Don Domenico a su hija Rose Marie: “¿Es posible vivir en un mundo en el que todos hacen lo que les da la gana? ¿Es posible vivir en un mundo en el que nadie es castigado ni por Dios ni por los hombres, y nadie se gana la vida? ¿De veras existen mujeres que se entregan a toda suerte de caprichos? ¿De veras hay hombres tan necios y apocados que sucumben a los más mínimos deseos y a todos los pequeños sueños de felicidad? ¿Dónde están los honrados esposos que trabajan para ganarse el sustento y que buscan la mejor manera de proteger a sus hijos del destino y de la crueldad del mundo? ¿Dónde hay gente capaz de comprender que un trozo de queso, un vaso de vino y una casa acogedora al final de una jornada es una recompensa más que suficiente? ¿Quién es esa gente que ansía una misteriosa felicidad? En qué tumulto tan grande convierten la vida, cuántas tragedias provocan por nada (...). Que se vayan todos a la mierda- dijo. Después le impartió una última lección de sabiduría -: Todo el mundo es responsable de lo que hace”9.

En el mundo de la mafia, fuertemente, interesadamente moralista a su manera, racionalidad, libertad y responsabilidad son conceptos fundamentales. Evidentemente, nosotros no queremos presentar la moral mafiosa como paradigma para nosotros. Pero sí nos interesa resaltar cómo racionalidad, libertad y responsabilidad son conceptos clave en la supervivencia de una organización humana que sobrevive, y muy bien, en un entorno que la quiere destruir. Si nos fijamos atentamente en la moral institucionalizada, la que nos transmite el Estado, medios de comunicación, sistema educativo y penal, etc., veremos que los presupuestos sin los cuales el concepto de moral no tiene sentido están perdiendo buena parte de su significado. La actitud del Estado del Bienestar hacia los ciudadanos no es la actitud lógica que presupone la comunidad intersubjetiva de seres racionales sino la actitud natural, objetiva, que ya denunciara Husserl a principios de este siglo. Para el Estado, y sus ciencias de la conducta institucionalizadas como la psicología y la sociología, los seres humanos somos organismos objeto de estudio, fenómenos del mundo sometidos a una causalidad que hay que estudiar y, llegado el caso, modificar. Ya no se trata de razonar intersubjetivamente sino de modificar la conducta mediante las tecnologías humanas. Ni el Estado ni las ciencias de la conducta consideran a los seres humanos seres racionales que aplican la normatividad. Como consecuencia de ello, y a pesar de que se diga que vivimos en una sociedad liberal e individualista, los ciudadanos-consumidores desean sentirse cada vez menos libres y responsables. A diferencia del mafioso, que lucha contra su destino por todos los medios y asume plenamente las consecuencias de sus actos, el ciudadano del Estado del Bienestar adopta cada vez más la actitud que tan brillantemente ha denunciado Pascal Bruckner en su obra La tentación de la inocencia, la actitud del niño y la de la víctima: “Llamo inocencia”, dice Bruckner, “a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones, el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad bienaventurada. En la primera, hay que comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la ignorancia de los años de juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo. En la segunda, es sinónimo de angelismo, significa la falta de culpabilidad, la incapacidad de cometer el mal y se encarna en la figura del mártir autoproclamado10.

La libertad ya no es un presupuesto transcendental, a la manera kantiana, una condición de posibilidad de nuestro ser humano, sino un estado ideal, una especie de objetivo que muy bien podemos no alcanzar. El individuo moderno, profundamente temeroso de su libertad, como ya vio Erich Fromm, anhela la sobreprotección de un Estado que le promete la felicidad plena. Ya no nos sentimos libres, sino que vemos el universo como un entorno de tentaciones que nos subyugan y esclavizan, por eso la metáfora de la adicción, el estar “enganchado”, se usa cada vez más en nuestro lenguaje. Me engancha la heroína, internet, la televisión, el juego, toda la sociedad de consumo en general. Ya no hago las acciones porque quiero sino porque así me lo dictaron mis genes, mi entorno, la televisión que vi, la educación que recibí, mi infancia, mi situación económica, los videojuegos con los que jugué, el lenguaje políticamente incorrecto que percibí, añádase cualquier cosa a esta lista.

Para el Estado moderno, los seres humanos somos un problema que hay que resolver técnicamente. Si analizamos cuáles son hoy en día los problemas de nuestra sociedad veremos que todos ellos están protagonizados por la conducta humana: todos los tipos posibles de conductas violentas, todos los tipos posibles de conductas insanas o simplemente arriesgas, todos los tipos posibles de conductas molestas para los demás o para uno mismo. Quienes realizan esas conductas no lo hacen porque quieren sino porque así lo decidió la línea causal en la que estaban inmersos y esas conductas sólo se pueden “prevenir”, como los efectos de una tormenta de granizo, o “curar”, como una infección bacteriana. Ya no hay maldad ni bondad porque ya no hay racionalidad, los malos son enfermos que hay que curar con psicoterapia o cualquier otro tipo de técnica. Las cárceles no castigan a nadie porque ninguno de sus internos fue culpable de nada porque ninguno era libre, sino que pretenden ser un híbrido de escuela y hospital que arregla a los organismos defectuosos.

No tenemos espacio ni tiempo para añadir más, después de todo sólo queríamos rendir un pequeño homenaje a las novelas de Mario Puzo y no hacer un diagnóstico en diez folios del estado moral de nuestras sociedades. Como sobre este último tema habría mucho que hablar y nosotros ya no tenemos ganas de seguir hablando tan sólo nos queda recomendar la lectura de El Padrino y de El último Don. Quién sabe si esos idealizados mafiosos nos podrían dar alguna lección para poder reconocernos los unos a los otros como verdaderos seres humanos, libres y racionales, y no simplemente una estadística en el trabajo del sociólogo o un caso más en la investigación psicológica. Sin duda don Vito Corleone o don Domenico Clericuzio pueden resultar filósofos mucho más lúcidos e interesantes que otros más reconocidos que ellos.

Muchas gracias.

*Doctor en Filosofía. Profesor del I.E.S. Virgen de las Nieves de Granada.

1Para una información exhaustiva sobre la trilogía cinematográfica recomendamos la lectura de dos libros: Peter Biskind: La trilogía de El Padrino, Ixía Llibres, Barcelona 1993. y Peter Cowie: Coppola, Ed. Libertarias/Prodhufi, Madrid 1992.

2V. Mario Puzo: El Padrino, trad. de Ángel Arnau, RBA Editores, Barcelona 1993, pág. 202.

3V. Mario Puzo: El último Don, trad. de Antonia Menini, Ediciones B, 1997.

4V. Mario Puzo: El Padrino, op. cit., pág. 404.

5V. Mario Puzo: El Padrino, op. cit., pág. 268

6V. Mario Puzo: El Padrino, op. cit., pp. 273-274.

7V. Mario Puzo: El Padrino, op. cit., pág. 71.

8V. Mario Puzo: El último Don, op. cit., pág. 80.

9V. Mario Puzo: El último Don, op. cit., pp. 383-384.

10V. Pascal Bruckner: La tentación de la inocencia, trad. de Thomas Kauf, Ed. Anagrama, Barcelona 1996, pp. 14-15


Asociación Andaluza de Filosofía.