LA VIGENCIA ÉTICA DEL SOCRATISMO



Manuel del Pino Heredia*

Resumen

El socratismo fue en la antigüedad una gran aportación para la ética de la responsabilidad, cuya influencia llega hasta nuestros días. Para ello resumiremos primero las objeciones críticas de los sofistas, que debieron ser constructivas como estímulo de reflexión para Sócrates. Esquematizaremos después las respuestas socráticas, que propiciaron su propia postura ética. Y por último nos referiremos a la vigencia de tal propuesta para los desafíos éticos actuales. (Esta comunicación es un breve extracto de la tesis en proyecto El problema de la justicia en Sócrates).



1.- Durante mucho tiempo se ha supuesto que Sócrates y los sofistas eran totalmente contrarios, debido a la enorme influencia de la obra de Platón; y que los sofistas representaban la parte equivocada o falsa de la filosofía. Hoy por fin se está empezando a revisar esa tesis maniquea. Otros autores discuten cuál era el punto exacto de cercanía entre Sócrates y los sofistas. Tal medición exacta no tiene mucho sentido, además de depender de la interpretación de cada escuela. Lo cierto es que la comunicación entre Sócrates y los sofistas debió ser más fluida de lo que quizá habíamos creído. Es plausible suponer que Sócrates, una vez superada su juventud naturalista, estaba buscando una teoría ética en general y sobre la justicia en particular. Debido a la complejidad del tema y a la propia actitud de Sócrates ante la vida, sabemos que no creyó haberla encontrado; buscar, y no encontrar, es la misión de la filosofía, la búsqueda del saber. En parte, esta falta de resultados pudo deberse a las objeciones éticas que planteaban los sofistas, aunque debieron servirle también como un poderoso estímulo para su investigación. Las objeciones sofistas más contundentes a una posible teoría de la justicia alegre y despreocupada pueden resumirse en las siguientes:

a) Trasímaco: ‘Lo justo es sólo el interés del más fuerte’. (Platón, República, I, 338c). No se refiriere a la aristocracia, sino a todo gobierno, sea tiránico, aristocrático o democrático. Cada gobierno crea las leyes según lo conveniente para él. Y todos los gobernantes declaran que las leyes útiles para ellos son lo justo para los gobernados y castigan todas las injusticias como contrarias a los intereses del pueblo, cuando en realidad sólo son contrarias a los intereses de ellos mismos. En una palabra, toman el interés público por su propio interés. Lo cual se puede resumir diciendo que en todos los Estados es justo lo que interesa al poder, o gobierno, que es quien tiene la fuerza, que es la única legitimidad a fin de cuentas. En todas partes lo justo es lo que conviene al interés del más fuerte.

b) Trasímaco: ‘La injusticia beneficia a su autor y la justicia perjudica’. (Platón, República, I, 343c ss.). La justicia es un bien ajeno al que lo practica, ya que los hombres que cumplen las leyes benefician a otro, al gobernante, que se favorece con las leyes que ha promulgado en su beneficio. Pues al ser la justicia un trato desigual, perjudica al que la cumple en función de los poderosos, siendo éstos los únicos felices con el resultado. En todas las operaciones el hombre justo obtiene menos que el injusto: en las asociaciones, con los impuestos, con los cargos de responsabilidad, donde el justo no obtiene ningún beneficio ilícito, y el injusto además lleva proporcionalmente más ventaja si es poderoso; esto ocurre especialmente en la máxima injusticia, la tiranía: el poder con absoluta libertad y sin trabas.

c) Glaucón: ‘La justicia no es un bien en sí, sino sólo por sus consecuencias positivas’. (Platón, República, II, 358a) . La justicia es en sí misma un bien penoso y desagradable, que la gente huiría, de no ser porque con ella se gana buena reputación y se obtienen beneficios. Por naturaleza es bueno cometer injusticias y malo padecerlas, pues cometer una injusticia beneficia, pero sufrirla perjudica. Los hombres sólo crearon la justicia de manera artificial, como un instrumento para protegerse de las injusticias ajenas. La justicia sólo un bien intermedio o relativo, un bien menor para evitar un mal mayor. Lo que desea todo hombre es cometer injusticias, pues beneficia, aunque perjudique a otros. Sin embargo, hay un objetivo aún más prioritario, que es evitar el mal mayor: sufrir injusticias, impunemente, sin poder repararlas. Para ello se propone el pacto social: se renuncia a cometer injusticias con tal de tampoco sufrirlas.

d) Calicles: ‘Las normas las imponen los débiles’. (Platón, Gorgias, 483b ss.). Hay que distinguir las cosas bellas por naturaleza y por convención, pues ambas son contrarias la mayoría de las veces. Por naturaleza es más feo sufrir injusticia, porque perjudica, pero por ley es más feo cometerla. Los que establecen las leyes son los débiles y la multitud. Se trata de un dominio de los débiles para perjudicar a los fuertes. Por eso los peores dicen que es una injusticia poseer más que el resto Pues aparte de estas inversiones antinaturales, en todas partes el fuerte domina sobre el débil y posee más. Con esas leyes antinaturales la sociedad domestica a los mejores y más fuertes (beltístous kaí errômenestátous) desde pequeños para que no sobresalgan. Esa situación antinatural será superada cuando los mejores esclavizados artificialmente sacudan sus cadenas e impongan sus propias leyes.



2.- A estas objeciones radicales, pero serias y pertinentes, Sócrates pretendería responder en su obra con una propuesta ética sólida, capaz de dar respuesta además a los grandes males de su presente. Las propuestas de Sócrates sobre la justicia serían las siguientes:

c) Uso del cálculo racional para resolver los problemas éticos. (Platón, Protágoras, 351c-362a). El cálculo racional o metrêtiké téchnê sería el arte de la medida de placeres y dolores. Lo bueno es lo útil o beneficioso para el hombre, lo malo es lo no útil o perjudicial. Placeres y dolores son ambos magnitudes positivas, aunque contrarias. De ahí la importancia de calcular, en el futuro, todas las consecuencias de placeres y dolores que tendrá nuestra acción; sumando unos y otros, se concluye si merece la pena, realizar la acción o no, a la vista del balance final. Teniendo en cuenta que algunas cosas agradables no son buenas, y algunas desagradables no son malas. Siempre hay que elegir lo agradable frente a lo desagradable; dentro de lo agradable, lo mayor; y dentro de lo desagradable, lo menor; pensando tanto en las consecuencias presentes como sobre todo en las futuras.

b) La piedad es parte de la justicia. (Platón, Eutifrón, 6b ss.).Sócrates se pregunta si los dioses pueden poseer de verdad los defectos humanos, tal como predica la religiosidad popular homérica. Sugiere que la divinidad debe ser más bien moral y no antropomorfa. Sócrates se pregunta si lo pío es querido por los dioses por ser pío, o si a la inversa, es pío porque es querido por los dioses. Si las cosas fueran pías sólo por ser amadas por los dioses, entonces tampoco habría un patrón objetivo de lo pío, sino que éste dependería de la voluntad de los dioses. Pretende establecer que hay una idéa o patrón de lo justo, objetiva y universal independiente de la voluntad de los dioses: que les agrada por ser pío y no a la inversa. Esto supone que hay algo anterior o contemporáneo incluso a la divinidad: las ideas objetivas. Sócrates propone la conveniencia de que lo pío sea justo; para aclarar la relación entre ambos, supone que lo pío es una parte de lo justo, aquella que se refiere al cuidado de los dioses. Lo pío no es de utilidad para los dioses ni les hace mejores, pues los dioses están por encima de todo ello. Los dioses no necesitan nada de nosotros, y que la relación entre hombre y dioses es ética, no comercial, lo cual le parecería inmoral, y por tanto falso.

c) El deber: no cometer injusticia. (En múltiples pasajes; por ejemplo, Platón, Apología, 49b ss.). Para Sócrates es preferible sufrir cualquier daño antes que obrar injustamente. En ningún caso hay que hacer mal voluntariamente. Cometer injusticia es en todo caso malo y vergonzoso. Lo cual implica aún una regla más severa y contra el sentir común. Tampoco si se recibe injusticia se debe responder con la injusticia, como cree la mayoría, puesto que nunca se debe cometer injusticia. En el Gorgias (476d-477a), Sócrates establece que el castigo con razón es justo. El castigado por una culpa obtiene un bien, pues mejora su alma y la libra de la injusticia, que es el mayor mal. Cometer injusticia y no pagar por ello, cuando se es culpable, es el peor mal de todos. Cometer injusticia es mucho peor que sufrirla, porque es más deshonroso.

d) Respeto a las leyes, pero antes a la conciencia. En el Critón (51a ss.) Sócrates mantiene que las leyes y cada ciudadano, habrían llegado a un pacto de mutuo respeto. Todos los puntos fundamentales de la vida, incluso desde antes de nacer, fueron posibilitados por las leyes de la ciudad: Con ellas se casaron sus padres, le engendraron y le dieron la vida. Mediante ellas recibió la crianza y la educación. Por eso la obligación del ciudadano es respetarlas siempre, aun en un trance tan grave, como el de su condena a muerte. Sin embargo, en la Apología de Platón (29c-d), Sócrates mantiene que no dejaría de filosofar, aunque le dejaran libre bajo esa condición; dice amar a los atenienses, pero que obedecerá la misión de filosofar del dios Apolo antes que a las leyes de Atenas. El respeto de Sócrates por la ley no era tan automático como pueda parecer en el Critón.



3.- Sólo nos queda referirnos a la vigencia y pertinencia actual del socratismo, en cuanto a la cuestión de la justicia y la ética de la responsabilidad se refiere. La ideología de Sócrates es un tema difícil de investigación: por el problema de las fuentes, dado que Sócrates no dejó escritos; y porque ha sido un autor tan recurrente en la historia del pensamiento, que resulta difícil dar un enfoque con nuevas aportaciones de su obra. Sin embargo, a pesar de esa fama, sorprende que el socratismo no haya pervivido en la historia, p. ej. del modo del platonismo. Sócrates ha estado en boca de todos, pero salvo sus discípulos directos, no ha habido escuelas socráticas posteriores. De nuevo, quizá el responsable de ello en parte sea Platón, que al pretender inmortalizar a su maestro, paradójicamente lo ha colapsado, bajo el triunfo del platonismo en la historia. En este sentido, el caso de Sócrates es parecido al de Erasmo, con mucho influjo en su tiempo, y con una vigencia posterior, pero sólo difuminada o diseminada en las obras de filósofos posteriores. El socratismo es más bien un espíritu, un modo de ver el mundo y un talante ante la vida. Socráticos fueron sus descendientes megáricos, cínicos y cirenaicos; también Platón, y a través de él, Aristóteles. Pero ya estos seguidores, sobre todo los más profundos, imprimieron nuevos rumbos a su pensamiento, algo alejados del Sócrates histórico. Tras la Edad Media, rasgos socráticos encontramos en Montaigne y en Erasmo, más que en la letra, en ese espíritu o actitud ante la vida. También se pueden rastrear algunos paralelismos con autores de la Ilustración europea, pero hasta cierto punto, y más bien por coincidencia de temas, debido a la semejanza de sus épocas: p. ej., el presupuesto de que la virtud debe poder enseñarse, aunque con sus dudas. Asimismo siguió Kierkegaard a Sócrates de cerca, sobre todo en el tema de la ironía, en su tesis doctoral Sobre el concepto de la ironía, en constante referencia a Sócrates; o se dice que el krausismo español tenía actitudes socráticas, y que Giner de los Ríos fue el Sócrates español. Pero aparte de estas referencias dispares, poco queda explícitamente de Sócrates en la filosofía contemporánea, salvo en el sentido en que, p. ej., se dice que las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein mantienen un estilo socrático de hacer filosofía; o que Unamuno es socrático porque recoge el diálogo en sus novelas como modelo ontológico. Esto aparte, la verdadera aportación del socratismo, que llega hasta nosotros, es esa atmósfera o espíritu, esa confianza irónica en la razón humana, esa búsqueda de conceptos éticos que no ha acabado todavía, ese supuesto suspicaz de que la virtud puede enseñarse, esa creencia en la dignidad del alma, la voz de la conciencia y el deber frente a los dioses, a falta de otras bases teóricas más sólidas.

Tampoco tiene mucho sentido una investigación prolija más, sobre un tema o autor antiguo, exenta de utilidades para el presente. Por eso dedicaremos este epílogo a bosquejar que no sólo el socratismo tiene vigencia, sobre todo en las cuestiones sobre la justicia, sino que puede ser una luz de ayuda para las importantes cuestiones futuras de la desorientación postmoderna. Cuando observamos las objeciones que los sofistas planteaban contra la situación de la justicia, hay impresión de que la historia del espíritu ha avanzado poco, pues dichas críticas siguen siendo actuales y llenas de sentido 2500 años después. Cuando estudiamos las propuestas de Sócrates a favor de la justicia, no hay sensación de que sean antiguas y pasadas (lo cual sería buen indicio), sino de que están todavía por realizar.

Los problemas acuciantes del presente son distintos de la Grecia clásica: globalización, bioética, ecología, desigualdad internacional... Ninguno de ellos preocupó a Sócrates. Y sin embargo, el fondo sigue siendo común, porque los problemas actuales, bajo distintas apariencias, pueden seguir reduciéndose a uno: el problema de la injusticia, y las propuestas de Sócrates sobre ese tema son comunes para cualquier época y sociedad. Así, la bioética consiste en el fondo en debatir si es justa, y en qué casos, la eutanasia y la eugenesia; la ecología, si es justa nuestra relación con la naturaleza; la globalización, si son justas las relaciones políticas, económicas y sociales entre todos los pueblos. Sería absurdo imaginar qué hubiera dicho Sócrates sobre estos problemas concretos, pero no lo es extrapolar sus soluciones al presente, para arrojar alguna luz sobre la actualidad.

La ética se ocupa ante todo de valores, que son algo difícil de definir, pues no pueden tocarse ni venderse. Pero están ahí, y se notan sobre todo cuando faltan, porque entonces aparece su contrario, la corrupción en todas sus facetas, familiar, política, económica, educativa, ideológica de la sociedad; y dicha corrupción en bien palpable para sus víctimas. De Sócrates, como de sus discípulos Platón, Diógenes o Antístenes, llama la atención sobre todo una cosa: ellos no hablan de bienes, de cosas materiales, necesidades fisiológicas; más bien las postergan. Ellos hablan de valores, que producen goces más elevados al oírlos y al aprenderlos: como la moderación, la prudencia, la inteligencia, el ánimo, el autocontrol, la dignidad, la valentía, la coherencia... A algunas personas del presente, sobre todo a los jóvenes, quizá estas palabras no les digan nada: ése es el problema. No se puede medir en una balanza qué es más valioso, si una vida material o según valores. En una época materialista, la posesión, el goce rápido y tangible, es el valor, mientras que los valores éticos suenan a una ingenuidad de sabios. Pero siempre hay un modo de comprender la validez: simplemente dejando hacer a ambas posturas, y observar las consecuencias a largo plazo que se derivan de cada una de ellas. El exceso material, la falta de valores, muchas veces acaba pasando la factura, en ocasiones más pronto que tarde. Entonces, cuando ya ha habido pérdidas, la mayoría comprende la necesidad de actuar y la conveniencia para todos de comportarse según valores.

En general, sabemos por el Critón de Platón y los Recuerdos de Jenofonte, que Sócrates proponía el respeto a la ley sobre casi todas las cosas; pero que, cuando sospechamos con indicios fundados, o con daños sufridos, que una ley es injusta, nuestra conciencia debe estar por encima de ello, según la Apología. La obediencia es un valor primordial, pero no del todo incondicional y ciego: ello podría producir en algunos casos consecuencias perjudiciales. Pensemos p. ej. en la obediencia ciega a gobiernos radicales, con todos los sufrimientos que ello ha provocado en la Europa contemporánea. Además es curioso que todo autoritarismo tiende a privilegiar la obediencia incondicional y a soslayar la autoridad de la conciencia, a veces inculpada. Por eso el cálculo de consecuencias, presentes y sobre todo futuras, en general y para cada caso particular, es decisivo. El utilitarismo solo es egoísmo, el deber solo es ceguera; ambos necesitan compaginarse para evitar daños. También es fundamental el modo con que hay que responder y que no responder a una ley injusta. No con violencia, sino con racionalidad. Así Sócrates, víctima de un juicio injusto, no se violentó ni alteró; practicó una obediencia aparente. Utilizó su sutil ironía y su reflexiva paradoja, para desprestigiar a sus acusadores y hundir las leyes que le condenaron, simulando que las aceptaba y acataba, pero minando el sistema por dentro, de manera profunda e irreversible. Es algo parecido a la ‘resistencia pasiva’ de Gandhi, otro gran maestro de la moral.

Respecto de los grandes problemas presentes (eutanasia, eugenesia, ecología, globalización), baste recordar que Sócrates proponía no cometer injusticia en ningún caso. Esta máxima general, este imperativo categórico, sería válida para todos estos temas, que recordamos consisten en último término en problemas de injusticia. La manipulación eugenésica o eutanásica, sin consentimiento explícito, deseado y repetido por parte del sujeto implicado, es sin duda motivo de injusticia. La depredación ecológica en el resto de los seres vivos y en el entorno es una agresión injusta y ciega contra la misma base que nos sostiene. Incluso por egoísmo a largo plazo, el hombre debería recapacitar. El cálculo de consecuencias futuras para beneficio o perjuicio, mantiene toda su pertinencia, por la desconcertante falta que la conciencia humana tiene de él. La sôphrosýnê es también más necesaria que nunca. Algo parecido ocurre con la globalización económica, gran fuente de injusticias, porque aún no viene armonizada por la globalización política, cultural y social. Aunque un gobierno y una justicia internacional están aún lejos, se revelan aún como una utopía necesaria y posible.

Sócrates se sentía arraigado a la tierra, pero eso no contradice que tuviera ideas cosmopolitas, que pensara en el bien de toda la humanidad y de todos los seres cuando predicaba la abstención de la injusticia como regla universal. La ética es universal o no será ética. Los cínicos descendientes de Sócrates, en particular Antístenes, eran cosmopolitas declarados. Si a ello ayudó la época prehelenística, también lo haría la ideología socrática. Cuando a Sócrates le ordenaron luchar en Anfípolis, Platea y Delion, lo hizo con ejemplaridad. Pero cuando le indujeron a juzgar injustamente a los generales de las Arguinusas, o a implicar injustamente a León de Salamina, simplemente se negó. En el juicio de su propia condena, rehusó mediante sutil ironía reconocer a los acusadores, las leyes atenienses y el mismo tribunal popular que lo juzgaba. Todas esas enseñanzas vitales pueden ser hoy necesarias ante legalidades injustas como la guerra, tiranía, desigualdad, hambre o corrupción. Sócrates no actuaba o se inhibía por miedo, ni por odio; sino por su sentido del deber y de la responsabilidad. Sócrates consideró que defender a la patria era justo, y que condenar a un hombre como León de Salamina era injusto; por tanto, accedió a lo primero y se negó a lo segundo, cargando con todas las consecuencias que de ello pudieran derivarse: aunque Sócrates sobrevivió, podían haber sido perfectamente de muerte en ambos casos; como al final ocurrió por su valentía y coherencia durante el proceso que le condenó injustamente a muerte. Por tanto, en Sócrates hay un claro sentido de la responsabilidad, el compromiso y los derechos humanos, muchos siglos antes de que les diéramos ese nombre. Tras la declaración de los Derechos del Hombre están los ilustrados europeos; pero no es nada descabellado decir que más en el fondo late también el espíritu diluido pero siempre presente del socratismo (como del erasmismo).

La conciencia humana, condenada a la dispersión individual, quizá sólo progrese a la fuerza, mediante hecatombes, cuando ya no tiene más remedio que reconocer lo ético por puro egoísmo y supervivencia, según venía a enseñar Hegel en sus Lecciones sobre filosofía de la historia universal. Lo deseable sería un progreso voluntario, regido por la inteligencia y la prudencia, que evitara la injusticia, la guerra y la escasez; pero la precaria conciencia humana no lo permite. Por eso la reivindicación de la lucidez, del cálculo, la prudencia, la moderación y la coherencia son tan actuales. Quizá llevara en el fondo razón Sócrates cuando pensaba que el gobierno de los sabios era algo tan imposible como necesario.



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*Profesor de Filosofía del I.E.S. Antonio Mª Calero de Pozoblanco, Córdoba.


Asociación Andaluza de Filosofía.