Una tradición cultural

En septiembre, en la hermosa ciudad de Sevilla, durante los días 14 a 16 del año 2000, celebró la Asociación Andaluza de Filosofía su III Congreso. Con la sensibilidad para los problemas del presente que viene caracterizando nuestra Asociación, se congregó a un plantel de ponentes que, desde diferentes perspectivas, focalizaron un tema de debate de tremenda actualidad, a saber, el futuro de los derechos humanos. Se reflexionó acerca de la validez universal de las exigencias éticas y jurídicas que constituyen el abanico de derechos reconocidos por la mayor parte de los países como derechos fundamentales del ser humano y se ahondó en el concepto de responsabilidad, concepto ético poco elaborado en el pasado y que es fundamental en una ética que encare los problemas del futuro.

Hay pocas dudas acerca de la vocación universalista de las diferentes promulgaciones de derechos humanos que a lo largo de este último medio siglo ha habido, e incluso acerca del universalismo inherente a la primera promulgación de los derechos del hombre. Y no sabríamos, probablemente, decir qué entendemos por derechos humanos si éstos no son derechos de todos los seres humanos por encima de razas, pueblos, culturas o naciones. Si tuviéramos la tentación de reconocer la validez restringida de los derechos humanos para los miembros de la comunidad humana que pertenecen al mundo occidental, es decir, a aquellas naciones que reconocen dichos derechos, rápidamente entre nosotros surgirían voces que criticarían el carácter elitista y restringido de estos derechos y reclamarían su universalización en aras de la fraternidad o de la solidaridad. Pero a nadie se le ocurriría una cosa así. En cambio sí hay a quien se le ocurre que se trata de exigencias propias de una cultura que pretende imponerlas a las demás, en la acusación de lo que se viene llamando etnocentrismo occidentalista.

Parece que la segunda mitad del siglo XX ha querido recoger el primer lema de los ilustrados franceses, que proclamaba la libertad, igualdad y fraternidad y desarrollarlo en tres etapas, dando lugar a lo que han venido a denominarse las tres generaciones de derechos humanos. Sin embargo, no es conveniente obviar que entre la semilla revolucionaria ilustrada y las promulgaciones contemporáneas median importantes distancias no sólo cronológicas. Una historia contemporánea de grave y reiterado quebranto de los derechos personales en aras de derechos de los pueblos, clases o naciones. Una historia de serio desprecio a la democracia y a las libertades individuales por ser merecedoras ambas del calificativo peyorativo de burguesas.

Pero la polémica está servida tanto por nuestra capacidad de autocrítica como por un complejo de culpabilidad que parece inherente a nuestra tradición cultural y que nos hace bajar la guardia ante la reclamación de los derechos de los pueblos a mantener su idiosincrasia, sus diferencias culturales. Es fácil tildar a los derechos humanos de occidentalistas, liberales, etc. cuando no estamos dispuestos a reconocerlos a todos los miembros de la comunidad humana, en aras de cualquier peculiaridad biológica, cultural, religiosa, ideológica, política etc.

Sin duda, surgen estas promulgaciones en un contexto circunstancial concreto, el cual debe ser superado si la pretensión de universalidad es sincera por parte de los países promotores, pero el valor objetivo de las exigencias éticas que subyacen a estas promulgaciones no debe ser cuestionado y debe ser reconocido como un límite de los derechos de los pueblos sobre los derechos de la persona. Si este sentido desaparece, en beneficio de los valores de la colectividad, sin duda empezaremos a hablar de otra cosa, ya no serán derechos del hombre, ni derechos humanos, serán derechos de los pueblos. Tal vez, este afán de hacer las cosas tan bien, tan característico de nuestra tradición cultural, una vez más puede poner en peligro la convicción de que la persona en singular es el primer valor, y hacer creer que en aras de salvar a la humanidad es preciso levantar la mirada por encima de las cabezas individuales, y mirar al horizonte de la masa, bajo cualquier excusa o eufemismo.

Reconocer que el primer valor a defender o proteger es el de los derechos individuales y personales no conduce al liberalismo como posición de política económica. Es más, no tiene nada que ver. Establecer argumentos deductivos que conducen de la libertad personal al liberalismo económico es claramente fruto de una argumentación falaz y distorsionada. No deben hacerse concesiones en este sentido, porque precisamente está en juego el futuro mismo de los derechos humanos como concepto y como exigencia ética de una humanidad capaz de legislarse a sí misma, no sólo de imponerse leyes de unos a otros para defender los propios intereses.

¿Quién, usando libre y autónomamente la propia razón, podría decir no a las exigencias éticas básicas que subyacen a las promulgaciones de derechos humanos? Ésta es la presuposición kantiana, y tal vez la socrática. Sin duda, es la presuposición que subyace a toda una tradición, a saber, la tradición filosófica occidental. La única tradición cultural que ha sido capaz de pensarse a sí misma desde la razón, que ha sabido crear el mito de la razón al creer en ella. Y pregoneros de esta tradición somos los filósofos, y no deberíamos renegar de ella sino asumir la responsabilidad que tenemos al considerarnos transmisores de la ideología occidental, de cuna mediterránea, del mito de la razón. Debemos mantenernos alejados de tentaciones salvacionistas que con frecuencia han traído consecuencias nefastas para la humanidad y que han inaugurado períodos de retroceso o de estancamiento. La razón es a la vez personal y colectiva. Las ideas son a la vez personales y colectivas. En este sentido, la elaboración de cuáles deben ser los derechos humanos exigibles a cualquier estado es una tarea de pura filosofía, tarea a la vez personal y colectiva.

La reivindicación de los derechos del individuo frente al Estado está en la raíz misma de las promulgaciones contemporáneas de derechos humanos pero hemos llegado al punto de pasar de la reivindicación de los derechos a la asunción de la responsabilidad por su reconocimiento. Esta sólo surge en una etapa de madurez ética, cuando la humanidad es consciente de su poder y las obligaciones y deberes son asumidas no como algo extrínseco, como una imposición heterónoma, sino como mandato de la propia voluntad racional capaz de legislarse a sí misma. Es difícil encontrar una alternativa a la lucidez kantiana cuando se trata de buscar la justificación última de la moralidad. Ni el iusnaturalismo ni el emotivismo moral nos sirven para explicar ni para justificar unas exigencias éticas que van más allá de los hechos sociales y de la propia naturaleza y que pugnan por constituir una humanidad con derechos y responsabilidades morales consigo misma, con los demás, con la propia naturaleza y con la humanidad futura por encima de las luchas de intereses o de los intereses inmediatos.

¿Están en peligro los derechos humanos? Nunca han sido una boyante realidad, sólo una aspiración y una inspiración para la construcción social. La responsabilidad por el futuro de la humanidad es hoy más humana que nunca, pues nunca el ser humano se sintió tan dueño de la naturaleza como ahora. La técnica, ese instrumento tan poderoso que quien lo posee domina el mundo, convierte a los pueblos y naciones que la poseen en muy poderosos, poder que no siempre utilizan en beneficio de la humanidad. La naturaleza está en peligro, la humanidad está en peligro no sólo por la acción deshonesta e injusta de unos seres humanos con otros, sino porque la técnica se ha convertido en un monstruo que se nos escapa de nuestro control y que promete volverse contra nosotros si la racionalidad no es ejercida de modo colectivo y responsable. Es el nuevo poder lo que dota de inmediatez a la llamada por la responsabilidad. Es el poder del conocimiento y del saber lo que obliga a la responsabilidad por el futuro de la humanidad.

Si con algo tiene que ver la filosofía es con la construcción de la humanidad; la definición de qué es la humanidad que nos hace sujetos de derechos y deberes para con los demás. Sería difícil saber qué es la humanidad, definirla al margen de los derechos y responsabilidades humanas. La genética, si acaso, puede aproximarnos al concepto de especie pero no de humanidad. Definir lo humano sólo puede ser fruto del compromiso con la humanidad que queremos. La tolerancia como principio no puede hacer admisible lo intolerable. Estamos obligados a definirnos, a pronunciarnos acerca de qué es lo intolerable para el ser humano, cuál es el límite de lo que entendemos por una vida humana digna. Está claro que, en la preocupación filosófica por la fundamentación, el iusnaturalismo es insuficiente pero también es imprescindible. La naturaleza no dicta el mandato ético a la razón pero tampoco la razón a priori, vacía de contenido y formalista, puede encontrar en sí misma la ley moral. Porque la razón, si quiere ser fecunda, ha de aprender a leer en el corazón. Sólo del sentimiento que liga al ser humano a la naturaleza, a la vida y a los otros seres humanos extraerá las razones para juzgar y evaluar. Así recuperará la razón su sentido más genuino, el de la raíz griega que está en los orígenes de nuestra tradición cultural, como el de una razón que se sabe a sí misma capaz de evaluar y juzgar.


Asociación Andaluza de Filosofía.