Me enteré de la muerte de Juan José Acero varios días después de que Pedro Cerezo nos hubiera dicho en la reunión granadina de la AAFi que estaba muy enfermo. Así que el impacto fue doble. Esta muerte no estaba, por así decir, en el guion. Yo no había tenido noticias de Acero desde su participación en el congreso de la AAFi que se celebró en Jerez en 2008. Habíamos hablado largo y tendido sobre el problema mente-cuerpo mientras le acompañaba a la estación de tren. Siempre lúcido, educado, gracioso, hacía filosofía y pedagogía en cualquier circunstancia. Conjugaba el rigor académico con la claridad expositiva, era un filósofo analítico de los de verdad aunque la variedad de sus intereses era grande. Para mi generación siempre será el autor, junto a Eduardo Bustos y Daniel Quesada, de la Introducción a la Filosofía del Lenguaje, así como Filosofía y análisis lógico, en la mítica colección de Editorial Cincel. Por cierto, recuerdo que ese libro le llevaba un poco por el camino de la amargura ya que se había publicado con algunas erratas que nos invitaba a corregir.

Como han hecho en sus obituarios Santiago Navajas y Agustín Palomar, yo también he rebobinado el tiempo hasta mis días de estudiante en la Universidad de Granada. Acero, junto con María José Frapolli y Aurelio Pérez Fustegueras fueron determinantes en mi interés por la lógica y mi traslado, terminada la licenciatura, al Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Valencia. Mientras Frapolli se dedicaba a la parte más técnica de la lógica Acero nos encaminaba hacia la filosofía. Así leímos el Tractatus, línea a línea, durante un curso entero. Acero diseccionaba el texto de Wittgenstein, lo subrayaba con varios colores, no avanzábamos hasta considerar que lo anterior estaba claro. Sin duda era el profesor que Wittgenstein habría elegido para enseñar su libro.

La muerte de Acero me afecta personalmente. Él me marcó el camino a seguir. Junto con el también fallecido Tomás Calvo ha sido el mejor profesor de filosofía que he tenido en la vida y no soy el único que piensa eso. Yo quería hacer filosofía como la hacía Acero, buscando esa claridad a la que nos invitaba Wittgenstein. Lo admiraba hasta el punto de que pedí a la Fundación Juan March el trabajo sobre los juegos de lenguaje en Wittgenstein que había escrito supervisado por su maestro Jaakko Hintikka en Finlandia. Son innumerables los filósofos que hemos conocido gracias a Acero. Incluso los más críticos con la filosofía analítica le reconocen su magisterio. Afortunadamente deja buenos discípulos en la universidad y en los institutos de secundaria.

Desgraciadamente, mi generación desperdició el tiempo haciendo huelgas por una causas ya olvidadas. Fue debido a esas movilizaciones que algunos terminamos en el consejo de departamento y tuvimos ocasión de conocerlo de una forma, por así decir, más política. Pues bien, ni siquiera en aquellas circunstancias perdía el sentido de la ironía ni la calma. Genio y figura, nunca le vi decir nada que no fuera racional. Fidel Muñoz ha recordado esta simpática anécdota: «Hubo una reunión muy tensa en que se debatía si debían hacerse públicas o no las encuestas a los alumnos sobre los profesores. En esto que García Leal tomó la palabra y dijo: “Nosotros, los spinozistas pensamos que tal y tal”. A esto respondió yo no sé quién: “Pues nosotros los kantianos opinamos que tal y tal”. Entonces intervino candorosamente Acero y dijo “Espero que no haya ningún presocrático entre nosotros”». La ironía siempre ha sido la marca de los mejores filósofos. Descanse en paz.

José Antonio de la Rubia

Miembro de la AAFi, ex-vocal por Granada