Porque no hemos dejado de ser esos prisioneros de la caverna que confunden la realidad con sombras proyectadas sobre las paredes, y es probable que nunca lo dejemos, pues acaso la condición humana se encuentre íntimamente vinculada con la condición de eternos prisioneros de la ignorancia o, mejor, de aquellos que saben que no saben lo suficiente para responder y/o actuar tal como es debido, y precisamente porque sabemos que no sabemos, no cesamos de emprender la búsqueda del saber que, como toda verdadera búsqueda, es una búsqueda de sí a la vez que una búsqueda sin término.
Porque el que afirma “sólo sé que no sé nada”, aun desde la ironía, puede volver a empezar, cosa que no siempre sucede con aquellos que se atrincheran en posiciones dogmáticas. Porque el llamado paso del mito al logos, es decir, el paso de la narración mitológica-religiosa a la descripción filosófico-científica, no fue definitivo ni es irreversible, de modo que todavía debemos seguir distinguiendo entre lo uno y lo otro para saber elegir. Porque a lo largo de la historia las ciencias han surgido y se han desarrollado gracias a balbuceos filosóficos.
Porque reconoce que somos un diálogo, y que sólo en diálogo podemos avanzar. Porque una vida sin examen o, lo que es lo mismo, sin crítica, no merece ser vivida. Porque reconoce que es preferible ser acusado de culpable, incluso cuando no se es responsable de ello, que cometer una injusticia. Porque reconoce, asimismo, que no basta con saber qué es el bien para actuar de acuerdo con él, sino que además es necesario practicarlo, transformarlo en un saludable hábito que oriente nuestra vida hacia la felicidad, un solo nombre para tantos y tan diversos proyectos de vida. Pero no cualquier felicidad, pues aquí también preferimos ser “Sócrates insatisfecho que un cerdo satisfecho”.
Porque el ser humano sólo puede adquirir la humanidad viviendo y conviviendo entre los otros, sus semejantes, de tal manera que es entre ellos como aprendemos a ser nosotros, como adquirimos nuestra humanidad. Porque nos insta a que vivamos cada día como si fuera el último, con el fin de que hagamos el más prudente y provechoso empleo del tiempo, que es la extraña y paradójica materia de la que nos constituimos.
Para que abramos los ojos más allá de nuestras estrechas fronteras (locales y nacionales), y nos mantengamos despiertos, y reconozcamos qué es lo excelente, proceda de donde proceda. Para que cuando nos enseñen, nos enseñen también a dudar, ya que la duda, al igual que la pregunta, es la chispa que incesantemente enciende la antorcha del conocimiento.
Porque somos naturaleza, pero no solo nos preguntamos por lo que es, como tampoco nos conformamos con lo que sucede, sino que además nos preguntamos y aspiramos a lo que debe ser. Y gracias a ese interminable tránsito entre lo que es y lo que debe ser se abre un espacio de libertad para crear y habitar mundos que no son de este mundo, pero que acabamos reconociendo como si fueran de nuestro mundo.
Porque hemos aceptado que el ser humano debe ser tratado como un fin en sí mismo, y nunca meramente como un medio, a riesgo de deshumanizarlos y, por el principio de reciprocidad, deshumanizarnos. Porque esta distinción no está en la naturaleza ni hay ninguna otra especie que la haya incorporado, pero nosotros, insisto, la hemos aceptado como el fundamento de los Derechos Humanos. Porque, ciertamente, habrá objetos que tendrán precio, pero el ser humano es dignidad, en tanto sujeto dotado de libertad, razón y autoconciencia. Porque sólo desde ciertos márgenes de libertad y a través del uso público de la razón podemos continuar buscando y hallando fórmulas para progresar juntos.
Porque, en tanto que seres sociales, a pesar de que a menudo lo ignoremos, somos al mismo tiempo creadores y víctimas de sistemas que nos instrumentalizan y nos cosifican, y es necesario conocer cómo se tejen y destejen esas redes para poder liberarnos de ellas, siquiera parcialmente. Para que no descuidemos que sin igualdad no hay justicia, como sin justicia tampoco hay igualdad. Porque, aun siendo tan irrenunciable como indispensable, tenemos que vigilar a la razón continuamente, a fin de no caer sometidos por ella.
Porque en nombre de la filosofía hay quienes se han atrevido a luchar contra la razón, pero desde la razón, para ir más allá de la razón, esto es, para ir más allá de la racionalidad establecida durante una época, ampliando de este modo el mundo de la vida, que no solo se compone de lógica, razón y argumentos, sino también de emociones, afectos y sentimientos. Para que no olvidemos que lo racional no es lo mismo que lo razonable, y que necesitamos tanto lo uno como lo otro: sentimientos razonables como argumentos racionales.
Para no caer en “la barbarie del especialismo”, ese penúltimo reduccionismo del saber, ya que el verdadero saber es radical, en el sentido de que va a las raíces de las cuestiones, integral e interdisciplinar. Porque, al igual que ocurre en el amor, todas estas razones tampoco bastan. Porque la razón no se tiene ni se posee, sino que se conquista a través del libre ejercicio de la palabra y de la crítica. Porque no podemos dejar de preguntar y preguntarnos. ¿Para qué entonces la filosofía? Para qué no más bien la filosofía.
Este texto fue publicado por primera vez en la revista Homonosapiens en la dirección https://www.homonosapiens.es/para-que-la-filosofia/ y su reproducción se hace con la autorización de su autor Sevbastián Gámez Millán





Hay unos sentidos tan pero tal colmados de dirección, pero también de lo que nos afecta, como nuestros sentidos, como el tacto y el oído. En un mundo, con limitación lo digo, y solo desde mi pequeño horizonte, puedo decir que vamos un poco a tientas, como otrora escribiera en uno de los prólogos a la Critica de la Razón Pura, Kant el año a fines del siglo XVIII.
Vamos a tientas, pues en tiempos líquidos o vaporizados, donde es poco fácil percibir lo importante de lo no tanto, donde vamos relativizando todo y con máscaras digitales nos proyectamos a la aldea global como verdaderos personajes del teatro virtual del mundo: las redes sociales.
Pues en este contexto, palabras como justicia, libertad, paz; democracia, comunidad y belleza, son palabras que no dejan de agotarse y de necesitar ser puestas en cuestión nuevamente, para, justamente enrielar a escenarios menos catastróficos:
Preferible un Sócrates insatisfecho, que un cerdo satisfecho, es una expresión muy gráfica y la comprendo, pero si el cerdo es el satisfecho, y el cerdo somos todos, pues hay pocos Sócrates que anden efectivamente en las calles cuestionando a los que saben. y hay los que solo ocupan los cargos de turno; hay pocos Sócrates, pudiendo existir muchos más, y en esta figura, hallamos aún unos sentidos de la filosofía como práctica cotidiana, como una acción basada en la experiencia y en decidir desde ese contexto y en relación a la comunidad de la que somos parte
¿Pero cuánto interrogamos realmente?
Una vida examinada con real entusiasmo nos va privando, pero nos va enriqueciendo de otras formas. ¿Cuánto o cuál es el valor que hay en esa riqueza? Cómo nos rebelamos como un verdadero tábano y salimos de la caverna para volar más allá de lo que nos quieren convencer que somos. El humanismo no ha muerto, pese a la inteligencia artificial y los robots y toda la era post. La mayoría seguimos intentando ser solo eso: seres humanos, con consciencia, autoconsciencia y sentido de comunidad.
Somos seres humanos, con expresividad y afecto, con unos brazos que no son solo para operar un teléfono móvil, sino que para darle color a la vida cuando esta se torna oscura o más gris de lo que quisiéramos. Brazos para abrazar a otro, con palabras, con gestos y acciones, y con un abrazo verdadero. Somos seres humanos para crear y recrear otras escenas, para imaginar nuevos mundos desde lo antiguo, con nuevos sentidos para una nueva forma de enseñar en las escuelas; para crear nuevas formas de pisar y contemplar la tierra, la naturaleza como siendo parte de nosotros, hermanarnos con ella, para ir con más cuidado, con más ternura y amor. Y somos seres humanos, también para crear desde el hacer reflexión y práctica juntos. Y juntos seguir pensando y crear otra escuela.
La potencia de la filosofía es infinita y se necesita que la autoconciencia sea también la de ser hijos e hijas de un Tiempo de cosecha y de abundancia, pues la hay. De otras formas de temporalidades donde podamos descansar y respirar. No estamos en la nada, ni todo es rápido, no hay por qué ir tras del tiempo corriendo. Podemos parar y como comunidad impedir que nos gobiernen y nos quiten nuestra mayor fortuna, ser en el tiempo y con èl de otras formas.
El ser humano aún no muere, pues las ideas y las palabras no mueren, es el cómo dejamos una huella para ser leídos/as por otros y estamos en la tarea de buscar sentidos en esas palabras siempre y en constante diálogo con los demás. El otro somos nosotros, y el nosotros cambia, en cuanto más vamos sumando en el encuentro de un nosotros con tú.
Pero, dime, Tú que lees esto: ¿Quién eres tú? ¿Y hacia dónde te diriges?
Escrito en Coimbra, Portugal en noviembre 22 del año 2024.
Sara Oportus.
Gracias a la Asociación Andaluza de la Filosofía. Les dejo mis saludos en este día.